Cómo normalizamos la corrupción en la política y en nosotros mismos

Cómo normalizamos la corrupción en la política y en nosotros mismos

Ayer me tocó dar una charla con un grupo de estudiantes de distintas universidades para hablar sobre el presente del Perú y cómo nos toca a nosotros, los ciudadanos, tomar acción para que el país cambie. Y en esa discusión, surgió inevitablemente el tema de la corrupción y me preguntaron: ¿por qué los electores en el Perú respaldan con su voto a políticos que saben o tienen sospechas muy grandes de que son corruptos?

La respuesta que tenía para darles lamentablemente no es satisfactoria, pero es importante repasarla. Cuando uno identifica una disfuncionalidad en un sistema -en este caso, el sistema político-, debe preguntarse: ¿es esto una anomalía -digamos, un error- del sistema o es más bien una característica de este? 

Y la corrupción en el Perú, creo que toca decir aunque cueste mucho reconocerlo, que no es una anomalía sino una característica del sistema. Si el votante asume que todos los políticos que compiten van a ser corruptos, porque está en la naturaleza del sistema que operen así, entonces la corrupción se vuelve irrelevante como criterio para distinguir entre políticos, porque se da por hecho que es una constante, un factor estructural del sistema. 

Pero yo les decía a los chicos y chicas con los que conversé ayer que no tenemos por qué aceptar tal cosa. Primero, porque no es verdad. Ciertamente hay mucha corrupción en la política, y en la sociedad peruana en general, pero no podemos caer en el cinismo de pensar que todos los políticos son corruptos porque eso sirve a los intereses de quienes sí lo son cuando, en realidad, si existen personas decentes queriendo hacer política desde distintos partidos o espacios del espectro ideológico. 

Pero quise añadir algo a la explicación que también es importante porque es algo que puede pasar a todos, no solo a los políticos. Las personas no empiezan cometiendo actos de corrupción multimillonarios, van llegando a eso por una secuencia de actos corruptos que empieza en cosas de poca monta y luego va escalando. 

Pensemos que cada uno de nosotros tiene en su cabeza un límite que diferencia lo que no es corrupción de lo que sí lo es. Digamos que se presenta una oportunidad de hacer algo que está ligeramente más allá del límite. No parece ser algo gravísimo, pero sí tiene un beneficio tangible para nosotros, y decidimos hacerlo. 

¿Qué hemos hecho en la práctica? Fíjense: lo que hemos hecho es mover ese límite más allá, para que actos que antes entendíamos como corrupción, ya no sean calificados por nosotros mismos como tales, porque los hemos normalizado. Todos nosotros creemos que somos esencialmente personas buenas, por lo cual cualquier cosa que normalicemos, vamos a terminar pensando que es algo bueno o defendible. 

Y así es cómo las personas podemos ir empujando una y otra vez ese límite que distingue lo que no es de lo que sí es corrupción. Y cada movimiento puede ser por un tramo pequeño, pero estos se van acumulando hasta llegar a un punto en el que, sin ser muy conscientes sobre ello, ya nos estamos dando licencias nosotros mismos para cometer actos de corrupción muy relevantes. 

Esto nos pasa a las personas, aunque ciertamente lo vemos más claramente en casos de personajes públicos como los políticos. Pero todos podemos caer en esta pendiente resbaladiza. Por eso yo siempre recalco que entender nuestro liderazgo como un liderazgo cívico supone hacerse responsable por las implicaciones éticas de nuestros comportamientos y decisiones. Incluso las cosas que puedan parecer de poca importancia, pueden tener el efecto de acercarnos inconscientemente a la posibilidad de hacer cosas más graves, y es nuestra propios responsabilidad como ciudadanos hacer valer nuestros límites. Porque, si no lo hacemos, no tenemos autoridad moral para exigírselo a los políticos. 

Si quieres ver la Reflexión del día en video, la encuentras aquí abajo:

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