¿Cuál es el rol de la religión en la política?

¿Cuál es el rol de la religión en la política?

¿Cuál es el rol de la religión en la política? He estado reflexionando mucho sobre esta pregunta en los últimos días por interacciones que he tenido con candidatos para los cuales la fe está en el centro de su vocación política, y otros que más bien cuestionan que se busque imponer determinadas creencias religiosas desde posiciones de poder. En el trasfondo de esto está también el debate sobre si tenemos, o qué implica tener, un estado laico. 

Les cuento cómo veo yo este tema, partiendo por decirles que no creo que esas posiciones sean necesariamente irreconciliables. La defensa del pluralismo político, que es consustancial a toda democracia liberal, pasa por defender la libertad de credo y reconocer la laicidad del Estado. Yo puedo no compartir una determinada creencia religiosa, o ser ateo para esos efectos, pero es esperable que en democracia coexistan manifestaciones de fe distintas y, nuestra obligación mínima, como ciudadanos, es respetarlas. 

Dicho eso, sí es importante aclarar que la religión y la política son cosas distintas, precisamente por cómo se relacionan con este término que ya mencioné, que es el pluralismo. Dentro de una comunidad religiosa puede haber algún nivel de discrepancia, pero esta exige que todos sus miembros compartan una misma fe y las reglas que se desprenden de ella. 

En una democracia, se exige también que todos respeten un mismo conjunto de reglas, pero no se espera que todos se adhieran a una misma creencia. Está bien si uno es católico, cristiano, musulmán, judío o ateo. Las reglas -entre ellas la libertad de credo- están pensadas en que puedan convivir pacíficamente a pesar de sus diferencias religiosas, de la misma manera en la que conservadores, liberales y progresistas deben aprender a convivir a pesar de sus diferencias ideológicas. La democracia trata, en ese sentido, la discrepancia religiosa como trata la discrepancia política: esta existe y, por tanto, debemos aprender a gestionarlas desde el diálogo y el respeto mutuo. 

Ahora bien, cuando estas diferencias se manifiestan en el debate público, lo que debemos entender es que aquellas posiciones que tienen base religiosa, es decir, las que derivan de dogmas de fe, no pueden ser impuestas a quienes no comparten esa fe por más que quienes las defienden crean que tienen inspiración divina. Están en su derecho de creerlo, pero no de imponerlo porque, como ya hemos dicho, la libertad de credo es un derecho fundamental y, por tanto, la discrepancia está constitucionalmente protegida. 

Eso no significa que, en democracia, cualquier postulado que tenga una base religiosa deba ser descartado de plano por ser esa su naturaleza primigenia. Lo único que significa es que quien defiende ese postulado, no puede limitarse a apelar a la autoridad, a su autoridad religiosa, para sostener su validez o conveniencia. Necesariamente tiene que buscar convencer sobre la base de razones, no de fe. 

Este matiz es importante, porque en un debate político con implicaciones morales, una postura asociada a una fe religiosa puede perfectamente estar soportada por argumentos racionales. Incluso quienes reivindicamos la ilustración, el método científico y el humanismo secular, como es mi caso, debemos reconocer que la filosofía moral que respaldamos está edificada también sobre los aportes de muchísimas figuras y pensadores religiosos. Por eso, no es tan fácil como algunos creen separar las posiciones morales religiosas de las seculares. Muchas veces tienen troncos comunes. 

Las personas religiosas no pueden estar excluidas de hacer política, como tampoco aquellas carentes de fe. El mismo derecho les asisten a todos de intervenir en el debate público o incluso buscar llegar al poder. Pero lo que sí es un requisito ineludible es que, al hacer política, tienen que defender sus posiciones racionalmente, porque ese es el lenguaje que permite el debate democrático, el lenguaje de la razón y la evidencia. 

En discusiones eminentemente complejas, como el aborto o la eutanasia, tanto las posiciones religiosas como las seculares se pueden expresar bajo un encuadre de conflicto de derechos que es perfectamente válido en política. En cualquiera de esas discusiones, puede haber quienes consideren que un derecho o valor debe prevalecer sobre otro, o viceversa. Siempre lo más fácil va a ser decir que tal o cual posición es la correcta porque se alinea con mi fe o mi ideología, pero en democracia, siempre habrá que discutir con razones, argumentos y evidencia. 

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