Cuán genuina es la invocación al diálogo que le ha hecho Roberto Sánchez a Keiko Fujimori
Roberto Sánchez instó el viernes pasado a abrir un diálogo con Keiko Fujimori con el objeto, dijo él, de asegurar la transparencia y confiabilidad del proceso electoral, lo que debía incluir, según sugirió, un recuento “de todas las qctas que la legislación permita revisar”. Keiko Fujimori evidentemente no aceptó esta convocatoria porque ella está liderando el conteo oficial de la ONPE, se prevé incluso que extienda su ventaja cuando la justicia electoral termine de revisar las actas observadas, y no coincide en que haya algún tipo de irregularidad que justifique volver a contar los votos. El pedido de Sánchez no va a prosperar porque no tiene base legal, pero algunos de sus simpatizantes van a percibir que hizo lo correcto en convocar al diálogo, porque ese siempre es el camino.
Yo estoy, por supuesto, completamente a favor de que haya disposición al diálogo entre los políticos. Pero esta situación que ha ocurrido entre Sánchez y Fujimori sirve para explicar cosas importantes. A veces, las invocaciones públicas al diálogo no son sinceras, porque quien las hace sabe que van a ser rechazadas. Y no por capricho sino porque, como ocurre en este caso, lo que se está planteando es un diálogo para desconocer lo que disponen las reglas electorales y el trabajo que vienen haciendo las autoridades correspondientes. Quien hace tal invocación pública lo que está buscando, muy probablemente, es señalar una virtud propia -la apertura al diálogo, en este caso- que no es tal, porque sabe que la otra parte no tiene ningún incentivo para aceptar porque le están planteando “dialogar” sobre algo que no corresponde.
Este tipo de acciones, que se disfrazan como invocaciones al diálogo, más una cuestión de postureo que otra cosa, y en vez de facilitar que haya diálogo, lo terminan dificultando. Y eso es un problema porque yo sí creo que debe promoverse un diálogo entre las dos fuerzas políticas que pasaron a la segunda vuelta, solo que no sobre si están contentas o no o para sembrar dudas sobre el trabajo de las autoridades electorales, sino sobre la marcha del país post 28 de julio. O bien se pueden asumir como si fueran el agua y el aceite y que no hay coincidencia posible sino únicamente conflicto en los siguientes 5 años, o bien pueden tener algún nivel de apertura al diálogo.
Dicho sea de paso, yo no creo que la disposición al dialogar sea suficiente, porque si algo hemos visto en este último Congreso es que sí ha habido consensos, pero para aprobar leyes cuestionables, como aquellas que desfalcan al Estado o debilitan la lucha contra la delincuencia. Y en eso, la bancada de Fuerza Popular, por ejemplo, ha tenido un comportamiento muy cuestionable.
Entonces, creo que sí debe promoverse un diálogo, no para sembrar dudas sobre el proceso electoral, no para aprobar leyes demagógicas o que sigan debilitando el accionar del sistema de justicia, sino para definir líneas matrices de posibles consensos en temas cruciales para el ciudadano como lucha contra la delincuencia, generación de empleo formal, acceso a salud y educación de calidad, etc. Ahí no cabe el postureo, sino la disposición genuina a entrar en una conversación donde uno puede terminar cediendo en alguna medida sus posiciones, pero en pos de un acuerdo que nos deje mejor a todos. Ese es el objetivo real de un diálogo. Ojalá se pueda dar no solo entre Fuerza Popular y Juntos por el Perú, sino entre todas las fuerzas políticas que estarán representadas en el Congreso, y sobre los temas que realmente le interesan a la ciudadanía.