¿El desarrollo del mercado hace que una sociedad sea más moralmente virtuosa?
¿Cuál es el impacto que tiene el desarrollo del mercado sobre la cultura y las normas sociales de un país?
Esta es una pregunta bien interesante porque existen, por un lado, aquellos que son críticos del mercado como sistema de asignación de recursos porque sienten que el ánimo de lucro, por ejemplo, impulsa el egoísmo en las personas, y luego están quienes piensan que el mercado es como una especie de solución moralmente virtuosa a todos los problemas y por tanto eleva a las sociedades.
Pues bien, ¿quién tiene la razón? Esta mañana me topé con un artículo bien interesante de Soumaya Keynes en el Financial Times titulado a manera de pregunta “Los mercados nos vuelven morales?” y que reseña un nuevo estudio de Max Posch de la Universidad de Exeter e Itzchak Tzachi Raz de la Universidad Hebrea que explora lo que pasó con la economía de EEUU entre 1850 y 1920, que fue una época en la que creció fuertemente el comercio interno en dicho país por la expansión de la vías férreas y el servicio postal, entre otras razones.
Lo que hicieron Posch y Tzachi Raz fue comparar zonas de EEUU donde el mercado se desarrolló más rápido que otras para ver qué otros cambios sociales se dieron que pudieran ellos conectar con lo anterior.
Ciertamente es un ejercicio complejo este, en el que hay un riesgo de confundir correlación de causalidad, o simplemente de estar identificando los efectos del enriquecimiento general de la sociedad, pero les cuento lo que encuentra el paper en al menos tres dimensiones.
Primero, dice que el desarrollo del comercio hizo que la gente se volviera más abierta a mirar más allá de su entorno inmediato. Esto lo identifican en cosas como que empezaron a casarse con personas de otras comunidades o a escoger nombres para sus hijos que se iban popularizando a nivel nacional.
Segundo, el mayor acceso al mercado elevó los niveles de tolerancia, lo que ellos midieron en factores como mayor diversidad religiosa, mayor variabilidad en el tamaño de las familias y mayor dispersión en el momento en que las mujeres tenían a su primer hijo. Estas diferencias, señalan los autores, lo que estaban reflejando es que las personas se iban desacoplando de ciertos patrones para ejercer en mayor medida sus libertades individuales, y que la sociedad iba aceptándolo crecientemente.
Y lo tercero es que el mayor acceso a mercados elevó los niveles de confianza interpersonal. ¿Cómo miden esto, si no había encuestas u otras mediciones de confianza en aquel entonces? Pues, se fijan en el lenguaje que utilizaban los periódicos de la época.
Pero, así como encontraron que con la difusión de los mercados aumentaba, según su metodología, la confianza interpersonal y la cooperación entre extraños, también encontraron que disminuyó la cooperación al interior de las familias. Por ejemplo, las personas habían ensanchado su radio de acción al buscar nuevas oportunidades para ellas mismas, pero ahora tenían menos disposición para atender a personas con discapacidades o personas mayores de la familia en el hogar.
Para aquellos de ustedes más interesados en entender y profundizar en la metodología empleada por los autores pueden encontrar el paper aquí. En lo que a mí respecta, yo creo que, en efecto, y como lo expresó tan articuladamente Adam Smith en el siglo 18, el mercado tiene esa ambivalencia: está impulsado por el ánimo individualista de las personas de mejorar su propia situación, pero al ser un sistema basado en el intercambio voluntario, necesariamente funciona sobre la base de la cooperación, que a su vez depende de los niveles de confianza y empatía en una sociedad. El mercado puede exacerbar el egoísmo de las personas, pero lo que hace sistémicamente es orientar a las personas a la colaboración voluntaria, a empatizar con las necesidades ajenas para entender la oportunidad para uno mismo de satisfacerlas. Esa tensión siempre va a existir. Por eso, como siempre les digo en el podcast, no se trata de decir que el mercado es esencialmente bueno o esencialmente malo. Lo que hay que entender es que es una herramienta con una potencia enorme, muchísimo más relevante diría yo que los propios gobiernos, y por eso lo que tenemos que reflexionar siempre es cómo cada uno de nosotros, y las organizaciones en las que trabajamos, nos comportamos de manera moralmente virtuosa dentro de un sistema que tiene una capacidad como ninguna otra de elevar la calidad de vida de las personas.
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