El discurso del primer ministro canadiense Mark Carney en Davos del que todo el mundo está hablando
Ayer comenté cómo el discurso que dio el primer ministro canadiense Mark Carney en el Foro Económico Mundial en Davos, está siendo eufóricamente celebrado en las redes sociales. Algunos están hablando incluso -medio en broma, medio en serio- de invitar a Canadá a ser miembro de la Unión Europea, pero, en general, se está tomando este discurso como un punto de inflexión respecto de uno de los grandes dilemas que enfrenta el mundo hoy, quizá el principal, que es lo que algunos llaman la erosión o subversión del sistema internacional basado en reglas.
Puede sonar complejo para la persona de a pie entender a qué nos referimos con esto o por qué es un problema, pero Carney lo explicó magistralmente en su discurso en Davos. Utilizó para ello una metáfora estupenda, tomada del libro El Poder de los Sin Poder o “The Power of the Powerless” del escritor, disidente y a la postre presidente checo, Vaclav Havel.
Havel contaba que, en el punto de mayor sometimiento de su país, lo que en ese momento era Checoslovaquia, al comunismo soviético, existía -imaginemos- un vendedor de abarrotes que todas las mañanas se levantaba y ponía un letrero en la ventana de su tienda que decía “Trabajadores del mundo, uníos”. Él no creía en este mensaje ni en la revolución comunista, pero ponía el letrero para señalizar que era parte del sistema, que estaba dispuesto a regirse por él sin desafiarlo. Todos las otros comerciantes de la cuadra o del vecindario hacían lo mismo, todos entendían los problemas del régimen comunista, la distancia entre lo que este ofrecía y lo que entregaba en la práctica, pero nadie quería ser percibido como un disidente, por los riesgos que esto suponía. Entonces, elegían todos poner su cartel en señal de conformidad. A esto, Havel le llamaba “vivir dentro de la mentira”.
Carney pasa a explicar entonces que la idea de un sistema internacional basado en reglas, es decir, donde los poderosos se someten al derecho internacional para autolimitarse en defensa de los intereses de los menos poderosos, ha sido, en cierta medida, como “vivir dentro de la mentira”. Porque todos sabemos que el derecho internacional puede constreñir a ls grandes potencias en algunos asuntos, pero si aparece algo que realmente quieren estas, no va a haber cómo limitarlas en la práctica y van a hacer lo que les plazca.
Para muchos países vivir dentro de esta ficción del sistema internacional basado en reglas ha sido útil, porque la hegemonía de EEUU por ejemplo, construyó una infraestructura global -productiva, financiera, energética, de seguridad- que les permitió prosperar, pero siempre existía el riesgo de que la potencia hegemónica dentro de ese esquema, EEUU, dijera “esto ya no me conviene” y se pusiera a utilizar su poder de forma autoritaria e impositiva.
Y eso es lo que está pasando hoy con el Gobierno de Donald Trump. Por eso Carney dice que no estamos en una transición sino en una ruptura, porque es como si se hubiera pinchado el globo de esa ficción que elegimos creer porque era útil.
Pero ya no se puede “vivir dentro de la mentira”, porque la forma como la potencia dominante quiere ahora que funcionen las cosas es como un esquema de subordinación donde el poder, sea militar o económico, se utiliza como una espada de Damocles para conseguir lo que quiere esa potencia. La pregunta ya no es cómo hacemos que el sistema se sostenga, sino cómo hace esa potencia para extirparle todo el valor que pueda en el menor tiempo posible. Participar entonces, de los rituales de ese sistema, como si todavía estuviera orientado al interés de todos, ya no tiene sentido. No podemos cegarnos por la nostalgia, dije Carney, tenemos que adaptarnos a un nuevo escenario y “dejar de vivir en la mentira”.
Es bien fuerte que el líder de un país como Canadá, salga a decir abiertamente algo así. Es, por supuesto, lo que muchos piensan, pero es distinto cuando se dice tan abiertamente en un evento como el Foro Económico Mundial, que epitomiza, más bien, el orden internacional como un sistema cooperativo.
A las potencias medianas, entonces, no les queda más remedio dejar de confiar en los bienes públicos que el sistema internacional estaba supuestamente enfocado en garantizar, y proveerse ellas mismas lo que necesitan: energía, alimentos, minerales críticos, finanzas, cadenas de valor.
Este es un mundo en el que los países tienen que verse a sí mismos más como fortalezas que buscan ser tan autárquicas como sea posible, es decir, cubrir ellas mismas sus necesidades.
Un mundo de fortalezas, dice Carney, va a ser, lamentablemente, más pobre, más frágil y menos sostenible. Esa potencia hegemónica que está tratando de extirpar el mayor valor posible al sistema, lo va a poder hacer en el corto plazo, pero en el largo, va a insertarlo en una trayectoria que lo va a empeorar los resultados para todos, incluso para ella misma.
Ese se el mundo en el que estamos hoy. Pensando en las ganancias de corto plazo que su poder le puede permitir conseguir, EEUU, o mejor dicho, el Gobierno de Trump está destruyendo valor para todos en el largo plazo. Y claro, ya no estará Trump para dar l cara cuando se empiecen a ver las consecuencias de esto, aunque sospecho que no van a tardar tanto en manifestarse.
Pues bien, Carney plantea una solución para lo que él llama “las potencias medianas”, es decir, países como Canadá, Reino Unido, Francia, Alemania, Brasil, Australia, y así. Dice que en lugar de pelear entre ellas, deberían confirmar “coaliciones de geometría variable”, es decir, con socios distintos según cada tema, para contrapesar el poder de esa potencia dominante y su indisposición a someterse a reglas.
Pero, Carney no se pone en la posición, y nosotros sí debemos hacerlo, de qué hace un país que ni siquiera es una potencia mediana, sino un país como menor gravitación, como el Perú. ¿Con quién nos conviene a nosotros aliarnos? O, para ponerlo en términos de Havel, ¿qué cartelito ponemos en la ventana?
Algunos pueden pensar que solo existe una disuyuntiva binaria aquí: o bien nos plegamos a EEUU o bien a China. Pero lo que está diciendo Carney es que hay una tercera opción: un bloque de potencias medianas que se asuma como un poder distinto y un contrapeso efectivo, ya sea a a EEUU o China. Este tercer bloque, uno podría argumentar, está más cercano a los intereses de un país como el Perú que los otros dos. A los menos poderosos, siempre nos va a convenir que el poder de cualquiera esté contrapesado. Por eso, con todo lo problemático que es el escenario internacional hoy en día, lo dicho por Carney en Davos marca un derrotero. Es momento de sacar ese cartel de la ventana, dejar de lado la ingenuidad o las estrategias de apaciguamiento, y estructurar, como dice Carney, con un pragmatismo inspirado en principios, un sistema de contrapesos que no le permita a los poderosos actuar por capricho o como si no hubiera mañana.
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