La caída de José Jerí y la respetabilidad de la presidencia de la República

La caída de José Jerí y la respetabilidad de la presidencia de la República

Quiero compartirles algunas reflexiones preliminares como reacción a la decisión que ha tomado ayer el Congreso de sacar a José Jerí de la presidencia. 

Si uno se pregunta ¿quién merece ser presidente en el Perú?, la respuesta más sencilla es: quien sea que el electorado considere mayoritariamente que debe asumir ese encargo. Es decir, la persona por la que vote una mayoría en una elección presidencial. 

Pero ya vemos que este no es necesariamente el caso, sino que ya varias veces en los últimos años a quien le ha tocado tomar esa decisión es al Congreso. ¿Por qué? Porque debido a la cantidad de vacancias presidenciales y vicepresidentes que se han caído en el camino, hemos llegado con pasmosa frecuencia a estar en un escenario en el que ya no hay quien suceda a un presidente caído de la propia plancha con la que llegó al poder y solo queda llevar la sucesión presidencial a quien esté en ese momento presidiendo al Congreso. 

Es bien curioso que, hasta hace no mucho, alguna ironizaba diciendo que, los únicos presidentes de épocas recientes que no habían tenido problemas legales serios, vale decir, Valentín Paniagua y Francisco Sagasti, eran aquellos que habían sido designados por el Congreso en escenarios como el que les acabo de describir. La supuesta moraleja detrás de este comentario era que los peruanos votamos tan mal que el Congreso puede hacer un mejor trabajo poniendo a uno de los suyos como presidente. 

Yo no sé si alguien se animaría a decir esto hoy. No solo porque, en contraste con las figuras de Paniagua y Sagasti, estuvo la de Manuel Merino, que mucha gente quizá olvida por lo rapidez con la cual fue expectorado del cargo, sino porque que difícilmente perdurará en la historia la percepción de que darle la presidencia a José Jerí fue una decisión acertada. Nunca lo fue, desde el momento en que se consideró siquiera aceptable ungir en la presidencia a una persona que ya arrastraba una denuncia por violación sexual y que, como valientemente se atrevió a decir el fallecido congresista Carlos Anderson, actuaba como lobbista en el Congreso. En el caso de Jerí, el Congreso literalmente escogió entre lo peor que tenía, y por eso a nadie debería sorprender el desenlace, porque Jerí cae precisamente por aquellas debilidades que ya se le conocían: las mujeres y el lobby. Y, claro, en su proverbial desfachatez, los congresistas y las bancadas que apoyaron la llegada de Jerí a la presidencia, ahora fingen indignación por lo que este luego a hecho o dejado de hacer, cuando fueron ellos mismos quienes, sabiendo quién era Jerí, lo pusieron ahí. 

Y si uno se fija en las cuatro personas que se han postulado para sucederlo, pues volvemos a ese escenario al que nos enfrentamos de tener que elegir la opción menos mala, porque si bien ninguna arrastra cuestionamientos tan serios como los que tenía Jerí en su haber, todos tienen cuestionamientos en su historial y ninguno parece haber tener méritos en su haber suficientes como para asumir la más alta magistratura del país. Simplemente es lo que hay. Son personas que probablemente ni siquiera hubieran podido ganar una elección interna en sus partidos si hubieran querido postular a la presidencia de la República por el camino regular. Va a ser bien duro lo que voy a decir, pero nunca ha sido tan fácil para un congresista mediocre llegar por la vía del atajo a la presidencia de la República. 

Cierro con esto. Fíjense cómo se ha devaluado la presidencia de la República en cuestión de un solo mandato, cómo el cargo ha perdido respetabilidad. José Jerí, denunciado por violación y, todo hace parecer, lobbista de empresarios chino con quienes se reunía clandestinamente, encapuchado. Dina Boluarte: presidenta sobrevenida que, para saborear las mieles del poder, los relojes, las joyas, los viajes y las operaciones estéticas, decidió entornillarse en el cargo aun cuando esto supusiera reprimir a balazos a quienes protestaron por su asunción del cargo, pudiendo haberse asumido como interina y convocado rápidamente a elecciones. Y Pedro Castillo, quien se vio favorecido porque el electorado decidió priorizar la representatividad sobre la competencia en el cargo, lo cual es válido, pero derivó -como era previsible- en un gobierno incompetente, corrupto y encima golpista. Tres personas distintas que, en mi opinión personal, han devaluado todas el cargo de presidente de la República. Y, como les decía, no tengo muchas esperanzas de que lo que elija el Congreso para lo que resta del mandato sea ostensible mejor. 

En un sistema que, mal que le pese al Congreso, sigue siendo esencialmente presidencialista, es urgente que tengamos mejores presidentes. A cada uno de ustedes le tocará decidir qué implica ser un mejor presidente y quién o quiénes calzan en esa definición según sus preferencias políticas. Pero no podemos acostumbrarnos a esa mediocridad, que tampoco es representativa. Los peruanos podemos tener diferencias políticas, pero merecemos mejores presidentes. Y todo empieza por votar a conciencia este 12 de abril.

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