Lo que acaba de pasar en Venezuela
Comentario preparado con información del Financial Times, el Washington Post, el New York Times y El País de España.
Estaba en mis previsiones que en algún momento del 2026 Estados Unidos escalara militarmente sus pretensiones en Venezuela (Donald Trump no iba a mandar el portaaviones de vuelta a casa sin algo que pudiera reivindicar como una victoria inapelable), pero honestamente no lo imaginé tan inminente ni de la forma como terminó dándose.
Porque, con todo lo difícil que había resultado propinarle una derrota efectiva al chavismo durante décadas, es realmente asombroso levantarse un sábado por la mañana con la noticia de que, en cuestión de horas, el dictador venezolano Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores ya estaban detenidos y embarcados rumbo a Nueva York para rendir cuentas ante la justicia.
No la de su propio país, como hubiera correspondido, sino la estadounidense, pero de eso ya hablaremos en unos instantes.
La operación
Minutos antes de las 11 de la noche del viernes, el presidente estadounidense Donald Trump estaba en su hotel-club privado de Mar-a-Lago reunido con miembros de su gabinete y altos mandos de las Fuerzas Armadas de su país, y tomó finalmente la decisión de ir adelante con la operación militar para derrocar a Nicolás Maduro.
Esto pudo haber ocurrido cuatro días antes, pero no se dio porque las condiciones climáticas no eran propicias. Las Fuerzas Especiales ya venían practicando el curso de acción con una réplica de la vivienda -supuestamente ultra protegida- donde pernocta Maduro en Caracas. Los agentes de la CIA habían hecho su trabajo de monitorear los movimientos del dictador y podían dar fe de que lo encontrarían allí esa noche.
Unos 150 aviones despegaron para acompañar a los helicópteros Chinook que sobrevolarían Caracas a solo 100 pies de altura para facilitar la “extracción” de Maduro. Al llegar a su vivienda, hubo algo de fuego cruzado, con algunos heridos del bando estadounidense pero sin víctimas mortales. Del lado venezolano, no sabemos a ciencia cierta.
En paralelo se daban explosiones en múltiples zonas de la capital venezolana. En el Fuerte Tiurna, el principal complejo militar de la ciudad, en la base aérea La Carlota, y otros lugares. Había que inhabilitar las defensas anti aéreas del país llanero, lo que se consiguió con relativa facilidad. Los estadounidenses no enfrentaron mayor resistencia.
Los caraqueños, mientras tanto, escucharon detonaciones como por una hora, pasada la medianoche. A eso de las 3:30 am, ya Maduro estaba fuera de territorio venezolano, volando con los ojos vendados, como se vio en una foto que compartió el propio Trump en su cuenta de Truth Social.
Militarmente, fue una operación impecable. Consiguió un objetivo hasta ayer impensado -sacar a Maduro del poder-, sin mayores daños colaterales pero, eso sí, en abierta transgresión del derecho internacional, que proscribe acciones militares unilaterales de este tipo.
Hoy sábado por la mañana, las calles de Caracas estaban relativamente tranquilas, pero en muchos países, incluido el nuestro, estallaban en júbilo los venezolanos que huyeron de la dictadura, del descalabro económico y de la imposibilidad de imaginar un proyecto de vida en la tierra en la que hubiesen querido permanecer.
Su celebración es ampliamente merecida, y poco les importará las disquisiciones que hagan los expertos sobre la legalidad de la operación. Se regocijarán cuando vean a Nicolás Maduro y Cilia Flores enfrentando cargos por narcoterrorismo, posesión de armas y otros ante un juez de Nueva York, más allá de que en sentido estricto -guste o no- su captura se haya dado en violación del derecho internacional.
Aplaudirán al escuchar a la fiscal general Pam Bondi decir que “muy pronto enfrentarán la furia total de la justicia estadounidense, en suelo estadounidense y en cortes estadounidenses”. Sentirán que, después de muchísimo tiempo, ha habido algo de justicia en su patria.
Pero, inevitablemente aparecerá en algún momento la pregunta de ¿y qué viene ahora?
Las intenciones
La operación de anoche es, en muchos sentidos, similar a la que desplegó EEUU -también violatoria del derecho internacional- en 1990 para derrocar al dictador panameño Manuel Noriega, quien -igual que Maduro- había perdido una elección meses antes cuyo resultado no quiso respetar, y fue a la postre juzgado por narcotráfico. También hay diferencias notables. Panamá es como la décima parte de Venezuela, y aquella vez EEUU tuvo que movilizar 27 mil efectivos para una invasión terrestre.
Pero quizá la diferencia más saltante está en la justificación pública que ha dado Donald Trump en la conferencia de prensa que dio en Mar-a-Lago, en la que mencionó la palabra “petróleo” múltiples veces, pero omitió notoriamente la palabra “democracia”, como ha hecho notar el ex embajador estadounidense en Rusia, Michael McFaul.
La excusa para combatir al régimen dictatorial y mafioso del chavismo ha sido la de caracterizarlo como una organización dedicada al narcotráfico. Hay un poco de exageración pero también dosis de realidad en esa caracterización. Sin embargo, al mostrarse casa vez más desinhibido, Trump ha sido muy explícito en decir que el objetivo principal de su acción militar en Venezuela es tener acceso a sus reservas petroleras, que son las más grandes del mundo.
“Haremos que las principales compañías petroleras del mundo vayan e inviertan miles de millones”, es lo que ha dicho el mandatario estadounidense.
Pero, además, Trump ha utilizado la expresión en inglés “we are going to run the country”, que podríamos traducir como “vamos a dirigir / gobernar el país”. No está planteando restaurar la democracia vía la reposición del presidente legítimamente elegido en las urnas Edmundo González Urrutia. De hecho, ha reconocido estar negociando con Delcy Rodríguez, la vicepresidenta de Maduro, para que esta lo reemplace en el poder, asumiendo que, tras ver lo ocurrido, se va a comportar de manera obsecuente.
Ella no parece haber entendido el mensaje, o estar dispuesta a hacerle caso, porque ha salido públicamente a confrontar con Trump, diciendo que ha "secuestrado al único presidente que tiene Venezuela” y que está cometiendo “una barbarie” en su país. Los ministros de Defensa e Interior, Vladimir Padrino y Diosdado Cabello, altas figuras del chavismo, han salido también a hacer acto de presencia.
Súbitamente, parece que ya no está quien era o se presentaba como el chavista más encumbrado, pero todos los demás referentes de esa gavilla siguen atornillados en sus puestos. Y debe haber sido particularmente doloroso para los venezolanos, además de mendaz, que Trump haya dicho que María Corina Machado no podría asumir el gobierno en Venezuela porque “no es suficientemente respetada” en su país.
En su exultante inmadurez, creo que Trump se mandó a decir una cosa así solo porque está fastidiado por el hecho de que Machado obtuvo el premio Nobel de la Paz y no él. Pensemos por un instante que el futuro de un país podría pender de tal majadería.
Las reacciones
Salvo por quienes todavía se resisten a reconocer al régimen chavista como una dictadura -o en todo caso lo ven como una dictadura “amiga” porque en el fondo no tienen tanto problema con que lo sea-, la mayoría de líderes de países democráticos ha pasado apuros para encontrar las palabras correctas para referirse a lo ocurrido.
El canciller alemán Friedrich Merz ha dicho, sin tomar postura, que “el análisis legal de la intervención estadounidense es complejo y requiere de una consideración cuidadosa”. El presidente francés Emmanuel Macron ha omitido, más bien, cualquier análisis sobre la legalidad de la operación y ha señalado que “el pueblo venezolano está hoy liberado de la dictadura de Nicolás Maduro y no puede sino celebrarlo”. El español Pedro Sánchez escribió en X que “España no reconoció al régimen de Maduro, pero tampoco reconocerá una intervención que viola el derecho internacional y empuja a la región a un horizonte de incertidumbre y belicismo”.
En América Latina, la reacción más celebratoria fue la del presidente argentino Javier Milei, quien compartió el video de un comentario suyo en el que llamaba a apoyar una acción de EEUU en Venezuela, acompañado de su famoso slogan de campaña. El brasileño Lula da Silva dijo, por su parte, que el bombardeo y la captura del Maduro “cruzan una línea inaceptable” y “sientan un precedente extremadamente peligroso para toda la comunidad internacional”. China también condenó a EEUU en términos muy duros por “violar la soberanía y seguridad de otros países”.
En Estados Unidos han aparecido también cuestionamientos, por un lado, de las bases del movimiento Make America Great Again, que es marcadamente aislacionista y contrario a esta renovada versión de la Doctrina Monroe que está impulsando Trump, y, por otro lado, de quienes objetan que se haya tomado una decisión de esta trascendencia sin pedirle permiso al Congreso.
El secretario de Estado de EEUU Marco Rubio apareció también en la conferencia de prensa de Mar-a-Lago para decir que ese permiso no era, en su opinión, necesario y que solicitarlo habría puesto en riesgo la operación por potenciales filtraciones.
Las discrepancias se aprecian, también, en las páginas editoriales de los principales diarios estadounidenses. El New York Times, por ejemplo, ha calificado la operación de “ilegal e insensata”, diciendo que no hay argumento jurídico alguno que la justifique y que supone darle carta libre a Rusia para que haga lo mismo en Ucrania o China en Taiwán.
En cambio, el Washington Post, hoy en manos de Jeff Bezos, ha destacado lo ocurrido como “una de las movidas más audaces que ha realizado un presidente en años” y ha calificado a la operación como un “acierto táctico indisputable”.
Mi opinión
Un suceso tan gravitante como lo ocurrido ayer en Venezuela va a ser analizado desde múltiples ópticas e intereses, y nos encontraremos con reacciones muy intensas en uno y otro sentido. La primera que yo quisiera manifestar es una de solidaridad con el pueblo venezolano, en particular con sus 8 millones de exiliados que han tenido que buscarse la vida en otros países, incluido el nuestro, escapando de una dictadura brutal y despreciable.
Pero, precisamente porque empatizo fervorosamente con su lucha, es que me queda, por un lado, la enorme preocupación de que la agenda estadounidense en Venezuela no es una de restauración de la democracia, sino más bien otra que conocemos bien, porque tiene múltiples antecedentes. Me refiero a la de instrumentalizar a otros países para servir a los intereses geopolíticos de EEUU de, por ejemplo, asegurarse poder de decisión sobre cómo disponen ellos de sus recursos naturales, como el petróleo.
Como les decía, Trump no podía haber hecho más explícito que ese es su interés, como lo hizo también tiempo atrás con Ucrania cuando condicionó la ayuda militar a tomar control sobre yacimientos minerales en dicho país.
Pero, más allá del caso venezolano, que siento muy cercano, todo esto que está pasando me hace pensar que estamos en un mundo muy distinto a aquel en el que yo crecí, en el que ciertamente había potencias económicas y militares que podían aprovecharse de la asimetría de poder con países más pequeños, pero había ciertos límites que, mal que bien, se respetaban.
La transición entre aquel mundo y este otro en el que estamos ahora, pasa por dinamitar lo que se conoce como el “sistema internacional basado en reglas”. Este es un sistema que siempre estuvo pensado en proteger a los países más pequeños, porque suponía que los más poderosos se pusieran límites voluntariamente. Entonces, dependía de que esa voluntad siguiera incólume.
Y eso es claramente algo que no podemos dar por hecho. La presidencia de Donald Trump, sobre todo en lo que va de su segundo mandato, nos ha reinsertado en un dinámica en la que quien tiene poder no ve necesario autolimitarse. Un mundo absolutamente transaccional donde no pesan los principios sino la capacidad efectiva de causarle daño a alguien más. Donde el que puede lanzar amenazas creíbles, consigue lo que quiere. Donde operaciones como la de anoche son formas de mandar el mensaje de que, cualquiera que se ponga enfrente, puede sufrir lo mismo.
Muchos ven esta nueva dinámica en clave ideológica. Si están más cercanos a las posiciones de Trump que a las de Maduro, celebran el desenlace que acabamos de ver. Pero hay una cuota enorme de ingenuidad en ello. El propio Trump nos está diciendo que no podemos confiar en él porque siempre se va a comportar según lo que le convenga, que siempre se va a imponer cuando necesite algo de ti. El Perú es parte de la periferia, hasta que Trump encuentre algo que quiera de nosotros, y vea la manera de quitárnoslo.
Un mundo donde ya no existe un sistema internacional basado en reglas, es un escenario peligrosísimo para países como el nuestro. Vean nomás cuán atemorizados están los europeos al saber que no pueden confiar en su otrora aliado. Si Dinamarca y sus vecinos no tienen suficiente poder disuasivo para evitar que Trump quiera apoderarse de Groenlandia, qué podría hacer un país como el Perú más allá de tratar de volar bajo el radar para no captar la atención.
(Dicho sea de paso, yo creo que el paso siguiente a lo que acaba de ocurrir con Venezuela es que Trump vaya, ahora sí en serio, por Groenlandia. Y, hoy por hoy, no me imagino cómo podrían pararlo los europeos).
Si EEUU ejerciera su poderío de forma principista, podríamos admitir como posible que operativos como el de Venezuela están genuinamente motivados por el deseo de promover o hacer respetar la democracia en el mundo. Pero, a estas alturas, es bien ingenuo pensar que eso es lo que mueve a alguien como Trump.
Cualquier bully de patio de colegio podría eventualmente salir en defensa de alguien que sí lo merece. Pero si ese bully no sabe cómo autocontrolarse, si no hay quién lo ponga en raya y si tiene además un séquito de aduladores recordándole a cada instante cuán poderoso es, nadie en el recreo va a estar a salvo de convertirse en la siguiente víctima.