Lo que está pasando en el Washington Post

Lo que está pasando en el Washington Post

Ayer ha sido un día muy duro para quienes apreciamos el buen periodismo, porque el Washington Post comunicó el despido de cientos de periodistas, sobre todo sus corresponsales internacionales. El legendario periódico estadounidense, cuyos periodistas Bob Woodward y Carl Bernstein destaparon el escándalo Watergate, ha cerrado por completo su sección de deportes y su sección de libros, ha reducido significativamente su sección de noticias locales y, como les digo, ha cerrado buena parte de sus burós de corresponsales. 

Ha sido particularmente doloroso para mí ver el tuit que publicó Lizzie Johnson, la corresponsal de guerra del Post en Ucrania, reposteando un tuit previo donde contaba que empezaba cada día cubriendo el conflicto sin saber si iba a tener luz, electricidad o agua, escribiendo sentada en auto con una lámpara, para poder informar a los lectores del Post y al mundo sobre lo que estaba pasando en Ucrania. En ese tuit anterior, decía ella que, a pesar de lo difícil de su trabajo, se sentía orgullosa de ser una corresponsal internacional del Washington Post. Pero en el tuit que publicó ayer, lo que decía es “me acaba de despedir el Washington Post en medio de una zona de guerra. No tengo palabras. Estoy devastada”. 

Al igual que con Lizzie Johnson, mi cuenta de X se llenó el día de ayer de comentarios de periodistas del Washington Post a los que sigo que anunciaban que los habían despedido, por ejemplo, Ishaan Tharoor, quien escribía con regularidad uno de los newsletter del Post que yo más leía, pero también tuits de gente que aprecio mucho descargándose con Jeff Bezos el nuevo dueño del Post, quien acaba de gastar 75 millones de dólares para hacerle una película absolutamente prescindible a Melania Trump, la esposa del presidente. 

El internacionalista Ian Brenmer fue bien claro en decir que Bezos, el dueño de Amazon y una de las personas más ricas del mundo, no entró al accionariado del Post porque creyera en su famoso lema de “la democracia muere en la oscuridad” o porque quisiera respaldar su rol de fiscalización y control del poder, sino al contrario, porque ser el dueño de un periódico tan influyente incrementaba su propio poder y le daba una palanca muy grande para obtener favores del gobierno de turno. 

A mí no tienen que explicar la crisis financiera y de supervivencia que afrontan los medios de prensa. Salvando las enormes distancias, yo tengo un medio muy pequeñito en comparación, pero, como todos, batallamos para seguir a flote. Entiendo que los medios tradicionales tengan que reducirse y repensarse para sobrevivir. Me apena, pero lo entiendo. 

Lo que sí es para mí una tragedia —y esto también está pasando en el Perú, hay que decir— es que en ese escenario de fragilidad, muchos medios que cumplen un rol importantísimo en sus respectivas democracias de contrapeso al poder, están pasando a manos de personas que no tienen un aprecio especial por el periodismo, o por la democracia, y quieren simplemente instrumentalizarlos o ponerlos al servicio de sus otros negocios. Y no les cuesta mucho hacerlo, porque con la precariedad financiera de muchos de estos, se les puede comprar por muy poca plata. 

Cuando Jeff Bezos compró el Washington Post, no pensó que estaba adquiriendo una institución fundamental de la democracia estadounidense. Pero eso es lo que ha sido el Washington Post y lo que muchos creemos que es absolutamente necesario que siga siendo. Pero estamos siendo testigos más bien de cómo se van apagando las luces en el Washington Post, y contrario a lo que demanda su lema, como se va sumiendo a la democracia estadounidense en una creciente oscuridad.

Si quieres ver la Reflexión del día en video, la encuentras aquí abajo:

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