Los costos de ir a votar
¿Por qué votamos las personas? Fíjense. Si uno analiza el acto de votar en términos estrictamente económicos, es decir, haciendo un análisis costo beneficio, lo que uno encuentra es que, por un lado, los costos son muy evidentes. Tengo que movilizarme el día de votación a un lugar que, en muchas partes del Perú, podría no estar tan cerca de mi casa. Tengo que dejar de hacer otras cosas ese día, que podría ser un día se trabajo para mí. Tengo que investir tiempo y esfuerzo para informarme sobre los candidatos, lo cual este año es particularmente complejo por la cantidad de elecciones y candidatos. Y así.
Por otro lado, si uno considera que su voto es uno de 25 millones más o menos en la elección presidencial por ejemplo, es claro que la probabilidad de que nuestro voto sea el definitorio de la elección, es ínfima. Entonces, si uno hace la ecuación costo-beneficio, en términos estrictamente económicos, el acto de votar parece tener más costos que beneficios, desde la perspectiva individual del votante promedio. Además, esos costos son tangibles, mientras que los beneficios son más bien esperados pero no necesariamente garantizados.
Por eso, los países establecen que el voto debe ser obligatorio e imponen multas por no ir a votar, porque saben que, de no hacerlo, muchísima gente elegiría no votar por ser los costos tangibles mayores a los beneficios esperados.
Durante buena parte de mi vida adulta, yo he pensado que el voto debería ser facultativo y no obligatorio por dos razones. Una, de tipo legal, es que resulta extraño que algo -el voto en este caso- sea un derecho y un deber a la vez. Porque, normalmente los sistemas legales, el derecho de una persona tiene como contrapartida la obligación de alguien más. Y que uno tenga un derecho debería incluir como parte de él la libertad de no ejercerlo. Y la segunda razón es la que les acabo de explicar, la razón económica, vale decir, que desde la óptica personal de un votante los costos asociados a votar pueden ser mayores que los beneficios esperados.
Pero en el tiempo he ido cambiando mi opinión sobre este tema, porque he ido siendo cada vez más conciente de que, para que las sociedades funcionen en general, estas requieren asegurar ciertas condiciones sistémicas que costos para los individuos pero, sin las cuales, no podíamos vivir en democracia.
Si quieren verlo así, en términos estrictamente económico, la democracia es un bien público por el cual todos los ciudadanos tenemos que pagar. ¿Y cómo pagamos? Pues, cumpliendo lo que yo prefiero llamar deberes cívicos antes que deberes legales, aunque también lo son en muchos casos.
Votar es un deber cívico que es absolutamente necesario porque el sistema que tenemos para elegir a nuestras autoridades es uno que agrega preferencias, que busca identificar mayorías, y que para que esas preferencias estén bien identificadas, necesitamos ir a votar para revelar las nuestras y sumarlas a las de los demás.
No solo eso, el deber cívico de votar entraña o va junto a otros deberes. Uno de ellos, crucial, es informarse bien. Porque, claro, uno puede cumplir con el deber de ir a votar pero marcar cualquier cosa, sin haber meditado esa decisión. Si lo hiciera así, estaría cumpliendo con el deber legal de ir a votar, pero no con el deber cívico de hacerlo responsablemente o a consciencia.
Otro deber cívico que interactúa con el de votar es el de ser capaz de interactuar y respetar a quienes tienen preferencias políticas distintas a las nuestras. Porque al ser la democracia un sistema de agregación de preferencias, este asume que las personas pueden querer optar por alternativas diferentes. Y eso es completamente válido, tiene que ver precisamente con el hecho de que el voto es un derecho que debe ejercerse libremente.
Pero en el día a día, y sobre todo en las semanas previas a la elección, esto supone que vamos a toparnos con personas -que pueden ser familiares, amigos, compañeros de trabajo o desconocidos- que tengan preferencias distintas que las nuestras y que nos van a incomodar cuando las revelen en nuestra presencia, o cuando disputen las nuestras, pero eso es normal en democracia. Uno costo no menor de vivir en democracia, que no es un costo monetario pero sí uno que muchas veces se nos hace difícil sobrellevar, es estar dispuesto a aceptar la incomodidad de convivir pacíficamente con personas que piensan y votar distinto que nosotros, pero que son igual de ciudadanos que nosotros.
Quizá convenga pensar en los deberes cívicos como si fueren algo más parecido a los deberes familiares que a los deberes legales. Dentro de una familia, los integrantes de un hogar asumen responsabilidades o tareas que suponen costos para ellas -en tiempo y esfuerzo- pero por las cuales no esperan recibir una recompensa inmediata. Las hacen porque sienten que forman parte del pacto tácito de vivir en familia y preocuparse unos por otros. No son transacciones económicas entre los miembros de la familia, son compromisos que cada quien asume porque entiende que, sin ellos, no se puede vivir en familia. Y vivir en familia es demasiado importante como para uno desentenderse de esos compromisos.
Pues, algo parecido ocurre con la democracia. Vivir en democracia es demasiado importante como para desentendernos de nuestros compromisos como ciudadanos. Como ir a votar, como informarse responsablemente antes de hacerlo, como ser capaces de convivir pacíficamente con quienes votan distinto que uno. Todo esto tiene indudablemente costos asociados, pero son costos que todos debemos estar dispuestos a asumir.
No podemos ser polizones de nuestra propia democracia, creyendo que vamos a ser los únicos, porque al hacerlo nosotros generamos el incentivo para que otros lo hagan también y terminamos teniendo una sociedad donde la regla general no es la ciudadanía responsable sino lo contrario. Dar el ejemplo cuesta, pero es lo que nos toca a todos. Este 12 de abril vayamos todos a votar con responsabilidad.
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