Por qué no tenemos un segundo ducto para el gas de Camisea
Cuando yo daba mis primeros pasos como periodista especializado en temas de energía, a inicios de los 2000, recuerdo las discusiones importantes que se generaban en torno al proyecto Camisea, una de las cuales tenía que ver con el peligro de depender de un solo gasoducto, que es precisamente lo que estamos sufriendo ahora. En aquella época se hablaba incluso del riesgo de un ataque al ducto, que podía ser un acto con probabilidad baja pero con impacto brutal, considerando que el crecimiento de la oferta de generación eléctrica se iba a concentrar en Chilca, y terminaría pasando lo que ocurre hoy que más de un 40% de la producción de electricidad depende de un solo ducto. Sea por un ataque o por una rotura no provocada (por efecto de un sismo, digamos), era un riesgo demasiado grande como para no mitigarlo.
¿Qué se planteaba? Como ahora, se planteaba que debía haber “resundancia” en la infraestructura de transporte, es decir, el gas debía llegar en más de un ducto para que, si hubiera problemas con uno, tuviéremos aunque sea otro como alternativa. La pregunta entonces es: ¿por qué no se hizo ese otro ducto?
Hay quienes están culpando -equivocadamente, en mi opinión- a la empresa que opera el ducto actual. Ella tiene una responsabilidad, ciertamente, de solucionar el problema que tenemos hoy lo más rápido posible. Pero asegurar un sistema de transporte de gas con suficiente redundancia no es una obligación de un concesionario puntual, sino del Estado peruano, algo que se debe gestionar desde la política pública.
Aquí entonces debemos señalar, por un lado, el fracaso de haber optado el Estado peruano por concederse el proyecto de gasoducto surandino, el que iba a ser el segundo gasoducto, a una empresa vinculada a la corrupta Odebrecht, en un proceso que podría haber estado “aceitado”. Es decir, una de las causas del problema que sufrimos es la corrupción, y eso es importante decirlo porque a veces la gente no conecta entre la corrupción al más alto nivel y cómo eso nos impacta en el día a día. Pues bien, si por corrupción no tuvimos un segundo gasoducto, pues ahora resulta clarísimo cómo nos impacta a todos dado el actual escenario de escasez de gas.
Pero sin dejar de señalar el papel que jugó aquí la corrupción, quiero apuntar también a otra causa que para mí fue relevante, aunque pueda resultar impopular que lo diga. La razón por la cual no tenemos un segundo gasoducto es por un mal entendido patriotismo en su variante de nacionalismo energético.
Montar un sistema de gasoductos en un país tan vasto como el Perú es una inversión muy costosa. La única manera de justificarla es tener una demanda asegurada para el gas. Como el Perú no tenía esa demanda cuando surgió el proyecto Camisea, hubo que integrar el proyecto con un componente de exportación de gas natural licuefactado, lo que hoy se conoce como Perú LNG. En su momento, hubo muchas críticas por esto, porque se dijo que estábamos sacrificando nuestro gas para dárselo a otros países, pero lo cierto es que, sin el proyecto de exportación de LNG, el proyecto Camisea no tenía sentido económico en lo que respecta al gas, porque otra cosa que la mayoría de gente no sabe es que la rentabilidad de Camisea no viene por el gas sino por hidrocarburos líquidos que salen del mismo yacimiento. Tanto así que el gas había que reinyectarlo porque no había a quién vendérselo.
¿Por qué les digo todo esto? Porque si el gasoducto original requirió de un proyecto de exportación para justificarse económicamente, lo mismo pasaba con el segundo gasoducto, el redundante. Este solo tendría sentido económico si incorporaba un componente de exportación, porque la demanda local simplemente no daba.
La oportunidad que se presentó en ese momento fue exportar a Chile, para que un ramal del gasoducto llegara hasta la frontera porque del otro lado había demanda. Los chilenos necesitaban ese gas para generar electricidad, como nosotros. Aquí, entre los entendidos, surgió el debate -muy válido- sobre si debíamos exportarle gas o electricidad a Chile. Lo segundo también hubiese estado muy bien, pero si Chile quería co-invertir en el desarrollo de ese gasoducto para que llegara hasta la frontera, eso tenía sentido económico para nosotros porque podría facilitar el desarrollo de esa infraestructura que, como sabemos, nunca se realizó.
¿Y qué pasó en este caso? Pues, como les digo, surgió el patrioterismo de decir que nosotros no debíamos darle nuestro gas a Chile. Los vecinos del sur comprendieron el mensaje y se dedicaron -exitosamente- a invertir en otras fuentes de energía y ya no necesitan nuestro gas como en aquel entonces. Nosotros decidimos desarrollar un proyecto propio involucrando a una empresa vinculada a la corrupta Odebrecht y nunca se hizo.
También recuerdo que hubo otra discusión en su momento sobre si el gasoducto al sur debía pasar por la sierra -lo cual lo haría más caro pero facilitaría la llegada del gas a las regiones andinas del sur de nuestro país- o si debía tenderse por la costa inicialmente por ser más económico y de más fácil ejecución, y luego sacar ramales hacia la sierra. Lo primero era políticamente más vendible, pero los argumentos económicos estaban más a favor de lo segundo.
¿Qué quiero decirles con todo esto? Pues, que estas son discusiones que tienen, indudablemente un componente político importante, pero que no se pueden dar si uno no mira las variables económicas en juego. Porque exportarle gas a Chile puede haber sido políticamente impopular en su momento, pero puede sustentarse que, económicamente, era lo que hacía sentido en ese momento para cubrir el costo de ese segundo gasoducto. Si hubiésemos superado ese reflejo de patrioterismo y nacionalismo energético, hoy podríamos tener un segundo gasoducto habilitado y no estar padeciendo lo que sufrimos hoy. Ojalá podamos sacar algunas lecciones de todo esto.
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