"Stranger things" y la experiencia de ver series en nuestros tiempos
Puedes ver aquí la Reflexión del Día de Augusto Townsend.
Reflexión del día
La semana pasada me tocó ser uno más de los millones de televidentes en el mundo que se conectó a Netflix en vísperas de Año Nuevo para ver el último episodio de la serie Stranger Things, que acompaña a este grupo entrañable de niños aficionados al juego Calabozos y Dragones que batallan contra criaturas sobrenaturales porque en el pequeño pueblo ficticio de Hawkins, Indiana, donde viven, se han generado unos portales por los que atraviesan estos monstruos. La serie está ambientada en los ochentas, así que ha sido un deleite para personas de mi generación -los millennials más mayorcitos, digamos- ver tantas referencias de nuestra niñez.
Debo decir que he disfrutado mucho esta serie. Hemos visto crecer literalmente a los personajes porque sus cinco temporadas han salido al aire en un lapso de 10 años. Y ver una serie en estos tiempos es muy distinto a lo que era ver, por ejemplo, Los Magníficos o el Auto Fantástico en señal abierta cuando yo era chico. Para empezar, hay una cantidad enorme de contenido en las redes sociales de personas analizando cada detalle de la serie y haciendo predicciones sobre qué va a pasar. Los mismos creadores de las series juegan con esto y van metiendo detalles en los capítulos que luego nos hacen ver que ya nos estaban anunciando lo que iba a pasar pero no nos dimos cuenta.
Cuando este contenido en las redes sociales es desarrollado por quienes aprecian una serie -con sus virtudes y defectos porque ninguna puede ser perfecta o adaptada a los gustos de todos- creo que mejoran significativamente la experiencia, y uno entiende y disfruta más como consecuencia.
Pero, lamentablemente, como este contenido sale en las redes sociales, está sometido al sistema de incentivos perversos que hay en estas. Por eso, uno ve reacciones completamente destempladas, gente que hubiera preferido que la trama vaya en un determinado sentido pero que, como los productores decidieron ir en otro, pues entonces la serie se convierte en una porquería, “traiciona” a sus fans, y así.
Por supuesto que es normal que las personas tengamos opiniones -muy intensas incluso- sobre el contenido que consumimos. Algunas de esas opiniones, como les digo, pueden ser muy valiosas y mejorar la experiencia para quienes las ven. Pero lo que quiero hacerles notar aquí es que vivimos en un tiempo y en una cultura en la que, en lugar de disfrutar las cosas con sus imperfecciones, optamos por salir a las redes sociales a quejarnos rabiosamente si las cosas no son exactamente como hubiéramos querido.
No estoy diciendo que una serie de televisión no pueda perder calidad y eventualmente cerrar con una temporada o un capítulo final decepcionante, como fue claramente el caso, para mí también, de Game of Thrones. Evidentemente puede pasar que una serie tenga picos, normalmente al inicio, que son irrepetibles. Pero lo que uno siente a veces al ver las reacciones en las redes es como si un contenido pasara de ser magnífico a ser una porquería, y ese tránsito no es real, está magnificado por la necesidad de quienes hacen contenido para las redes de exagerar o subirle el volumen a su emocionalidad para conseguir más clicks y likes.
Fue un poco extraño en esta última temporada de Stranger Things que se dividiera en dos bloques y luego un capítulo final estrenado por sí solo. El segundo bloque tenía que haber terminado en un momento culminante con todo puesto sobre la línea, como en anticipación del desenlace final, y eso no ocurrió así. Creo que ese sétimo y penúltimo episodio fue, en efecto, flojo comparado con los otros. Pero el nivel de rabia que vi en las redes sociales en respuesta a esto me pareció absolutamente desproporcionado. Y te hace pensar que quienes hacen esos contenidos no aprecian en realidad la serie. Lo que aprecian son los clicks y la atención que reciben por comentar la serie.
El capítulo final de Stranger Things fue, como era de esperar, imperfecto, con una serie de huecos en la trama que no fueron cerrados, con personajes que uno hubiese querido que tengan mayor protagonismo, y la lista de quejas puede seguir. Pero, sin embargo, fue el momento culminante de 10 años de mi vida en los que disfruté a estos personajes y los hermanos Duffer, creadores de la serie, me dieron algo distinto a lo que había visto antes y que me encandiló. En lugar de hacerles llegar mi lista de reclamos, como si supiera yo mejor que ellos cómo hacer su trabajo, lo que prefiero hacerles llegar es algo mucho menos pretencioso pero valioso para mí: mi agradecimiento.