¿Tiene sentido decir que un presidente “personifica a la Nación”?
Siempre me ha resultado problemática una frase que está en nuestra Constitución que dice que el presidente de la República es jefe de estado y personifica a la Nación. No por lo primero, ciertamente, pero sí por lo segundo. ¿Qué significa exactamente que un presidente personifique a la Nación y cuáles son sus implicaciones legales?
Digamos que hay partes de la Constitución que parecen más declaraciones de principio que normas legales propiamente dichas. Por ejemplo, cuando en el artículo 22 se dice que el trabajo es un derecho y un deber, este enunciado es una norma legal en cuanto dice que es un derecho, porque el derecho al trabajo es una protección reconocida internacionalmente y también en nuestra legislación, pero decir que el trabajo es un deber y tomar eso como una norma jurídica nos llevaría a la absurda conclusión de que te pueden obligar a trabajar, es decir, que es válido el trabajo forzoso. La única manera de interpretar esta segunda parte del artículo es entendiendo el deber de trabajar no como un deber legal sino como un deber cívico, es decir, como una invocación a comportarnos voluntariamente de una determinada manera porque se considera positiva para la sociedad.
Pues bien, cuando la Constitución dice que el presidente “personifica a la Nación”, me pasa algo similar. Creo que lo que se busca decir es que “sería bueno” que el presidente se comporte como si fuera la Nación misma decidiendo y que, al mismo tiempo, se considere que, por ejemplo, agredirlo o insultarlo es como si estuviera haciendo esto con todo el país.
Yo puedo entender, naturalmente, que hay una necesidad de proteger la investidura presidencial, pero hacerlo con esta metáfora de presentar al presidente como si personificara a la nación es, como les digo, problemático por varias razones. La principal es que la relación entre un político y sus electores es lo que se conoce como una relación principal-agente, donde el electorado es el principal y el político es el agente. En una relación de este tipo el principal le encomienda algo al agente -encabezar el gobierno del país en este caso-, y ese encargo implica en el caso de la política que el segundo representa al primero, pero, por definición, no es ser lo mismo que el primero. Si lo fuera, no habría razón para monitorear su trabajo o exigirle que rinda cuentas, porque sería como rendirnos cuentas a nosotros mismos.
Creo, más bien, que esta idea de que el presidente personifica a la Nación se presta para desnaturalizar esa relación de agencia, para hacerle creer al presidente -que, recordemos, es el agente en este caso- que está al mismo nivel que la Nación, que el electorado, o incluso que está por encima de cualquier elector o grupo de electores en particular porque él los personifica a todos.
Honestamente, yo borraría esta frase de la Constitución y creo que no pasaría nada -malo, me refiero-. Igual se podría encontrar formas de proteger la investidura presidencial que sí son necesarias. Pero no nos encontraríamos los ciudadanos en la situación de ver a un presidente, el que fuera, ejerciendo el cargo de manera muy cuestionable y sentir que “nos lo merecemos” porque esa persona retrata lo que somos, en tanto personifica a la Nación.
Pues no. Representa a la Nación, ciertamente, y esa es la encomienda más importante que puede recibir una persona en nuestro país, pero no lo personifica por el solo hecho de haber sido elegido legítimamente por una porción del electorado. Porque a veces, una de las cosas más importantes que puede decir un ciudadano en una democracia, es ese presidente o ese político “no me representa”.
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