¿Cómo reconciliar al país después de una nueva segunda vuelta?
Algunos de ustedes me están preguntando: ¿Cómo se reconcilia el Perú después después de lo que hemos visto en esta segunda vuelta, la tercera que resuelve por un margen tan estrecho? Es curioso, pero veo a varios analistas internacionales destacando esto, y no precisamente en sentido positivo, vale decir, que de está volviendo un hábito que las segundas vueltas en el Perú muestren a un país literalmente partido por la mitad, sin que el electorado pueda comportarse de tal manera que le dé el triunfo con relativa holgura a uno de los candidatos. Es como si quisiéramos que esta polarización sea lo que nos define.
Y, por supuesto, hay muchísimas cosas que trabajar para empezar a cambiar esto. Yo siempre trato de explicar -en mis charlas y clases de educación cívica, por ejemplo- que los ciudadanos tendemos a cuestionar comportamientos o anti valores en los políticos que no identificamos en nosotros mismos. Nos molesta que no sean capaces de dialogar, cuando nosotros también adolecemos del mismo problema. Yo veo, por ejemplo, a personas diciendo que ahora ha llegado el momento de reconciliar al país cuando ellas mismas han dado rienda suelta a todo tipo de agresiones e insultos en las redes sociales antes de que se hicieran la idea de que el candidato de su preferencia iba a terminar liderando el conteo oficial.
El Perú nunca se va a reconciliar si nosotros no somos capaces de ser el ejemplo de lo que quisiéramos ver. Ciudadanos que no se quedan en ser tolerantes a regañadientes sino que activamente hacen esfuerzos por escuchar y entender a quien opina distinto. Personas que caen en cuenta de que los grupos a los que pertenecen pueden ser endogámicos, o que los algoritmos de las redes sociales los llevan a interactuar virtualmente solo con quienes piensan de manera similar, como si vivieran en una cámara de eco.
La reconciliación no puede ser con quien opina marginalmente distinto que tú. Tiene que ser con quien está en las antípodas de tu pensamiento, quien votar dentro de esa mitad del país que lo hizo diferente que tú.
Hay muchísimo que trabajar en esa línea para crear de verdad cultura democrática en el país, y nos toca a todos poner de nuestra parte. La democracia debe ser agnóstica respecto de quién gane una elección, pero debe exigirle a todos buenos modales y cumplimento de mínimos democráticos.
Y aquí quiero detenerme para explicar algo. La democracia es como un torneo que nunca acaba. Ahora les ha tocado jugar la final a dos equipos, pero en algunos años habrá otra final. Y después de eso otra y así sucesivamente. Para que esa competencia siga dándose, un aspecto básico es que a nadie se le prive de competir por razones injustas, y que quienes ganen no cambien las reglas del juego para evitar que haya una siguiente final que pueda destronarnos. Como en los deportes, se necesita que haya fair play, y que los que pierden sean capaces de aceptar su derrota, mientras que los que ganan asumen con hidalguía su triunfo.
En el Perú solemos discutir mucho lo primero, vale decir, qué pasa si el que pierde no lo acepta. Y el que se nos abre ahora, con en las dos segundas vueltas más recientes, es un escenario en el que ese es un peligro, porque la diferencia es tan estrecha y el conteo oficial podría dar tantas vueltas que aparezca nuevamente el discurso fraudista y el cuestionamiento de los resultados oficiales.
Solemos discutir, por tanto, sobre qué pasa si el perdedor no acepta su derrota. Pero creo que es interesante ponerse a pensar también en cómo deberíamos esperar que se comporte el ganador.
Fíjense: La democracia no es un sistema político donde se compita por el todo o nada. No podría serlo porque las democracias hacen todo lo posible por desconcentrar el poder y hacer que distintas instituciones de contrapesen y controlen entre sí. Inclusive para quienes ganan una elección presidencial, supone permanente negociación con los grupos representados en el parlamento.
El problema, creo yo, es que la polarización que vivimos ha trastocado el entendimiento de esto último. Pensamos que, si gana un partido por apenas unos miles de votos, aunque sido preferido por muy pocos votantes en primera vuelta, aunque no tenga mayoría en el Congreso, pues tienen una suerte de carta blanca para implementar la versión más maximalista de su agenda programática.
Quienes piensan así no caen en cuenta de que, si eso efectivamente fuera a pasar, pues lo que ocurriría es que tras conseguirlo el gobierno de turno, el siguiente haría lo mismo pero en sentido contrario, y luego el siguiente y así sucesivamente. Y no avanzaríamos como país sino que estaríamos alternando entre gobiernos que deshacen todo lo que hizo el anterior.
Yo siempre explico que la democracia es competencia, pero es también cooperación. Cuando estamos en la fase del ciclo político previa a una elección, es natural que tome mayor preponderancia la dimensión competitiva del sistema. Pero cuando pasamos la fase de elecciones, lo que debería entrar a tallar es una fase más orientada a la cooperación en las cual el gobierno y las bancadas en el Congreso, incluidas las de oposición, exploran qué pueden lograr juntas, desde el diálogo y el consenso. Y hay tantos problemas en los que necesitamos que esos consensos se den (inseguridad, bajo acceso a salud y educación de calidad, falta de oportunidades de empleo formal, etc.) que lo que los ciudadanos deberíamos exigirle a las fuerzas políticas es: ya compitieron, ya se definió quién está dónde, pues ahora toca que se sienten a conversar y vean hasta qué punto se pueden poner de acuerdo. Porque eso es lo que los ciudadanos necesitamos de ustedes.
Este tipo de dinámica en una democracia necesita que cultivemos una cultura donde mayorías y minorías conversan para buscar coincidencias. Donde quienes pierden elecciones aceptan que no fueron la opción preferida por el electorado, pero quienes las ganan entienden que no por eso deja de ser importante valorar a los votantes de quienes no ganaron y buscar acuerdos programáticos con sus representantes para que el país progrese más allá de nuestras diferencias políticas.
Es difícil pensar en un sistema político que haga esto cuando salimos de una segunda vuelta que, por tercera vez consecutiva, nos muestra a un país partido por la mitad. Pero eso es lo que debemos exigirle a nuestros políticos: que trabajen no solo para sus votantes circunstanciales, sino para todos en un país que genuinamente aspire a reconciliarse y a no dejar a nadie atrás.
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