Cómo se distorsiona la comunicación entre las personas
Esta mañana el algoritmo que hizo aparecer en mi cuenta de Instagram un video de Iain Gilchrist, psiquiatra, filósofo y neurocientífico británico asociado a la Universidad de Oxford, que estaba siendo entrevistado en un espacio de conversaciones con intelectuales promovido por el banco BBVA que se llama Aprendamos Juntos. Me llamó la atención una cosa que dijo que vale la pena compartir aquí. Refiriéndose a lo que está pasando en un mundo crecientemente polarizado y donde se ha vuelto más difícil conversar con quienes no piensan exactamente igual que tú, Gilchrist apuntaba que existe una técnica en terapia de parejas que, según él, debería enseñarse en todos los colegios. La cosa funciona de la siguiente manera. Se le pide a uno de los integrantes de la pareja que dé su versión sobre algo, que se explaye explicando algo que le resulte importante. Una vez que ha terminado esa persona, el terapeuta inmediatamente le pide a la otra: “dime lo que acabas de oír”. Esto es bien interesante porque sabemos por cómo funciona la comunicación que muchas veces el emisor de un mensaje quiere transmitir algo, pero el receptor del mensaje entiende algo diferente, o ubica el énfasis en aspectos distintos. Pues bien, cuando se aplica esta técnica en terapia de parejas, ocurre a menudo, como dice Gilchrist que la segunda persona reproduce algo distinto a lo que la primera quiso decir y esta reacciona diciendo algo así como “eso no es para nada lo que yo estaba diciendo”. Se han quedado atrapados en posiciones o interpretaciones distintas, dice Gilchrist. Y aquí salta él a decir que eso no solo ocurre a nivel de parejas, sino que pasa también en las discusiones tóxicas que suele haber en las redes sociales. Las personas no están reaccionando a lo que ha dicho la otra persona, sino que están reaccionando a una versión distorsionada de aquello. A veces esto es adrede, y se configura lo que se conoce como la falacia del hombre de paja o del espantapájaros, que es cuando una persona, en lugar de responder al argumento de la otra parte, modifica ese argumento, lo ridiculiza o lo presenta de una forma debilitada que hace más fácil contradecirlo pero que no respeta el argumento en su versión original. Esto, como les digo, es una falacia, y es una mala práctica que se comete a propósito en los debates.
Pero a veces ocurre también a nivel inconsciente, porque las personas procesamos las ideas que recibimos a través de nuestros sesgos cognitivos que, por ejemplo, nos hacen valorar más aquello que es coincidente con nuestras posiciones y minusvalorar aquello que las contradice, lo que se conoce como el sesgo de confirmación.
No quiero sobre complejizar aquí la explicación pero sí secundar lo que dice Gilchrist en el sentido de que ejercicios como aquel de terapia de pareja al que se refería, deberían ser enseñados en las escuelas, y en las universidades y en las empresas, por qué no, porque hacen que la gente experimente en carne propia los problemas de la comunicación, el efecto que tienen los sesgos y por qué, para decirlo en sencillo, escuchamos lo que queremos escuchar.
De hecho, yo recuerdo un juego de niños que se presta muy bien para esto, aunque de otra manera. ¿Cuántos de ustedes jugaron de niños al teléfono malogrado? Este juego consistía en armar una cadena donde una persona elegía una palabra o una frase y debía decírsela en secreto a otra de manera muy rápida, y esta a otra más, y esta a otra más, y así todo de manera muy veloz, y lo que terminaba ocurriendo es que la última persona de la cadena debía repetir el mensaje en voz alta y terminaba saliendo algo muy distinto que el mensaje original.
Yo no soy pedagogo, pero estoy muy consciente de uno de los grandes problemas de nuestro tiempo es que estamos perdiendo la capacidad de escucharnos de verdad. Y por eso, tiene mucho sentido para mí que, con este tipo de técnicas o juegos, podamos enseñar, desde la escuela, cómo se distorsiona la comunicación entre las personas y qué podemos hacer para mitigarlo.
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