El 250 aniversario de Estados Unidos

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El 250 aniversario de Estados Unidos

Este último 4 de julio se cumplieron 250 años de la Declaración de Independencia de Estados Unidos. Es una fecha importantísima porque, en muchos sentidos, el último siglo y medio están marcados por lo que resultó de ese suceso. La democracia, tal cual la entendemos hoy, si bien tiene antecedentes que se remontan a la Antigua Grecia o la Carta Magna de 1215 en el Reino Unido, le debe mucho a ese documento redactado principalmente por Thomas Jefferson, que de manera magistral señaló que “sostenemos como evidentes estas verdades: que los hombres son creados iguales; que son dotados por su creador de ciertos derechos que son inalienables, que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”. También es un documento que reconoce “que para garantizar estos derechos se instituyen entre los hombres los gobiernos, que derivan sus poderes legítimos del consentimiento de los gobernados”, es decir, que el poder último reside en la ciudadanía. 

EEUU, el país que surgió de esa independencia, es definido muchas veces como una “nación credal” (“creedal nation” en inglés). ¿Qué significa esto? Que, distinto a otras que tienen como amasijo características étnicas o una ascendencia común, EEUU es una nación basada en un conjunto de ideas compartidas: el ideal republicano de la igualdad en derechos, el sometimiento de la autoridad al consentimiento del pueblo, la promesa de que cualquier puede alcanzar la prosperidad como resultado de su talento y esfuerzo (lo que comúnmente se conoce como “el sueño americano”, la idea de que EEUU es un crisol (un “melting pot” en inglés) de procedencias, culturas y religiones diversas, producto de la inmigración, que ha encontrado la forma de coexistir pacíficamente y declarar fidelidad a aquello que les une. 

EEUU también ha sido descrita, famosamente por su presidente republicano Ronald Reagan, como una ciudad brillante en la colina (“shiny city on the hill”), metáfora que busca transmitir la idea de que estamos hablamos de un país que es un faro de inspiración para otros por sus virtudes y su claridad moral. De ese pensamiento surge el concepto del excepcionalismo estadounidense (“American excepcionalism”) que entiende a este país como “la nación indispensable”. 

Si pensamos en EEUU como una nación basada en ideas, yo, en efecto, encuentro enorme inspiración en muchas de ellas. Más allá de las ya mencionadas, soy un admirador del constitucionalismo estadounidense, de su sistema de justicia y su Corte Suprema, hasta cierto punto de su federalismo, de su ética de trabajo, de su inventiva y emprendedurismo, de su apuesta por el libre mercado. Pero, al mismo tiempo, me es difícil compartir acríticamente la idea de su excepcionalismo, porque, para empezar, su Declaración de Independencia de 1776 y su primera y única Constitución de 1787 son documentos que surgieron en tensión, por cuanto la primera hablaba de igualdad y la segunda optó por no proscribir la esclavitud, lo que derivó más adelante en una guerra civil que afortunadamente ganó el bando más alineado con los principios de la declaración de Independencia. El excepcionalismo estadounidense tendrían que entenderse, en todo caso, con sus aspectos positivos y negativos, y dentro de los segundos el tiempo que le costó abolir la esclavitud y la segregación racial. 

También debe uno contemplar la paradoja de que, si bien EEUU fue absolutamente crucial cuando hubo que enfrentar la amenaza del fascismo en las grandes guerras del siglo XX, y el mundo debe estarle agradecido por eso, su récord de promover la democracia a nivel global está manchado por las guerras de elección que inició por intereses económicos o geopolíticos que poco o nada tenían que ver con la democracia, o los golpes de Estado que respaldó en regiones como América Latina. 

Con todo, el presente de EEUU es, del tiempo que me ha tocado vivir, lo más reñido que he visto con esos ideales que admiro. EEUU está destruyendo el sistema internacional que él mismo construyó a su imagen y semejanza. Está viendo al libre mercado ser sustituido por el mercantilismo. Está tolerando niveles de corrupción nunca antes vistos en sus autoridades. Está dejando caer su propia democracia enceguecido por el tribalismo, la polarización y la posverdad. Está negando su propia naturaleza de país construido por inmigrantes. Está proyectando al mundo una apuesta por el egoísmo, el autoritarismo y la imposición del más fuerte que hace que se vea como todo menos aquella “ciudad brillante en la colina”. 

Advierto todo esto no desde la discrepancia con las ideas que inspiraron esa nación, sino al contrario, desde el convencimiento y la preocupación de que se las está destruyendo o dejando agonizar.  Ojalá vengan tiempos mejores para EEUU, porque para un admirador como yo, este ciertamente no es la situación en la que yo hubiese querido verle celebrando su 250 aniversario.

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By Kenneth Sanchez