El inicio del Mundial y el triunfo de ayer de los New York Knicks
Esta semana he estado dedicando este espacio a comentar sobre temas políticos, como correspondía por estar saliendo el país de una segunda vuelta presidencial, pero hoy quisiera abordar temas deportivos.
El mundial de fútbol empieza ahora con el partido México - Sudáfrica. Como muchos, he coleccionado con mis hijos el infaltable álbum de Panini, pero debo confesar que, en líneas generales, no le emociona mucho este mundial. No me gusta que se haya dividido en tres países sede, que se haya aumentado tanto el número de equipos que compiten bajándose fuertemente la valla de mérito para llegar al mundial, lo que increíblemente ni pudo aprovechar el Perú, decisiones que parecen estar más guiadas por criterios comerciales que otra cosa. Ne parece doloroso lo que ha pasado con un árbitro somalí que iba a cumplir un sueño y lo regresaron a su casa las autoridades migratorias de Estados Unidos porque les dio la gana. Me preocupa lo que pueda pasar los con integrantes del equipo iraní en Estados Unidos. Me parece una vergüenza que, con lo que ha hecho ICE, la agencia de control de inmigración de EEUU, la FIFA haya tenido el descaro de otorgarle a Donald Trump un “premio a la paz”. Normalmente, yo vería feliz el mundial incluso cuando no estuviese jugando el Perú, es lo que ha pasado la mayor parte de mi vida, pero esta vez lo siento diferente. Quizá lo único que me alegraría es que se den las cosas para que Portugal campeone y sea esto un reconocimiento a la notable carrera de Cristiano Ronaldo.
Pero voy a cambiar de deporte para referirme a lo que pasó anoche en el cuarto juego de la final de la NBA, que están disputando los New York Knicks contra los San Antonio Spurs del fenómeno Victor Wenbanyama. Yo crecí, no voy a decir odiando, pero sí viendo como un rival duro al equipo de los Knicks, cuando yo hinchaba por los Chicago Bulls pues, como se imaginarán, me tocó ver a Michael Jordan en su prime. Me gustaban jugadores de esa época de Nueva York como John Starks y luego Stephon Marbury, a quien tuve la suerte de ver en el Madison Square Garden de la gran manzana derrotando a los sixers de Alan Iverson. Pero no puedo decir que haya sido fan de los Knicks.
Y, sin embargo, desde el año pasado, y este en particular, me he ido entusiasmando con este equipo. No es un equipo que te haga showtime como los Bulls de mi niñez y adolescencia, o los Lakers, sino uno liderado por un jugador, Jalen Brunson, que si uno vieran en la calle no sospecharía que juega en la NBA, ni mucho menos que es la gran estrella para rivalizar con “el alien” Victor Wenbanyama. Un jugador que prefirió recibir él mucho menos dinero para poder incorporar a su equipo a sus compañeros de universidad, ahora estrellas de la NBA por su propio derecho, para que el equipo tuviera la compenetración que ya tenían ellos y se pudiese armar desde allí. Y ese equipo, que no es muy flashy como dirían los estadounidenses, ya venía de lograr una performance histórica en los playoff, por su efectividad. Yo llegué a las finales de este año deseando que ganaran y que Jalen Brunson se lleve un anillo a casa.
Pero lo que vi anoche, en el cuarto partido de la final -que es el primero que gana cuatro- fue simplemente apoteósico, legendario, histórico. Quizá la recuperación más espectacular que le haya visto jamás a un equipo. Los Knicks iban abajo por 29 puntos, que es muchísimo en un partido de básquet, a los Spurs les estaba saliendo todo, estaban lloviendo triples por doquier. Pero este equipo de Nueva York no se rinde nunca, y se metieron una remontada que nunca se había visto en la historia de la NBA. En los últimos segundos, estando ellos un punto por debajo de los Spurs, Jalen Brunson, a quien llaman el capitan clutch, que es como decir “la persona a quien le dan la pelota cuando hay que definir los partidos”, lanza un triple y se queda corto, y aparece OG Anunoby, el héroe de la jornada, volando en la pintura entre las torres de los Spurs, para darle un pequeño toque a la pelota y hacer que entre a la canasta. Y el júbilo que estalla en este momento en el Madison Square Garden es una cosa indescriptible. En mi casa ya estaban todos dormidos y creo que los desperté con mis gritos. Pero es que esto nunca se ha visto. Creo que lo compararía con lo que pasó en aquella final de la Copa de Campeones del 2005 en la que el Liverpool le volteó el partido al Milan cuando nadie pensó que esto era posible.
Los Knicks todavía no han ganado la final de la NBA. Están 3-1 sobre San Antonio y les falta una victoria para cerrar todo esto a su favor. Me va a producir enorme tristeza si no lo hacen, porque son el equipo de Nueva York que más merece ese campeonato. Ojalá este sábado podamos celebrar a la distancia que Jalen Brunson, Josh Hart, el rey y el corazón de Nueva York respectivamente, Karl Anthony Towns, un dominicano entrañable por la vulnerabilidad con la cual ejerce su liderazgo, OG Anunoby, el héroe de anoche, Mikal Bridges, Landry Shamet, el portorriqueño Jose Alvarado, y todo el equipo de Nueva York reciban su anillo. Y si no es el sábado, el martes próximo en el Madison Square Garden. Vamos Knicks.