El primer mes del gobierno de Keiko Fujimori

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El primer mes del gobierno de Keiko Fujimori

Por estos días, varios comentaristas y analistas políticos están dando sus impresiones sobre lo que ha sido el primer mes del Gobierno de Keiko Fujimori. Yo quisiera compartir también algunas apreciaciones, relacionadas sobre todo a cómo ha estado funcionando su gabinete ministerial. 

No es casual que, a poco más de un mes de iniciado el Gobierno, resulten creíbles algunas versiones en el sentido de que va a haber cambios en el gabinete porque algunos. Es verdad que un gobierno fujimorista o keikista, más allá de las fuerzas de oposición en el Congreso, iba a tener que enfrentar desde el primer día la animadversión del antifujimorismo y el antikeikismo, que representan sectores de la opinión pública que rápidamente se alinean en torno a ciertas narrativas. De hecho, la conformación del gabinete parece haber sido una respuesta a este escenario esperado, un intento de hacerle frente políticamente a ese cuestionamiento con al menos algunos personajes curtidos en esas lides o que no rehuyen a la batalla ideológica. 

Esa puede haber sido la lógica, pero la ejecución claramente no ha sido la esperada. Varios de los ministros designados se están comportando como si estuvieran en campaña presidencial o como si su protagonismo individual fuese más importante que el manejo competente del día a día de sus carteras. Cuando un presidente o presidenta convoca a un político técnicamente competente para liderar una cartera, tiene que darle cierta autonomía funcional, precisamente porque se le está convocando porque sabe lo que tiene que hacer. Pero algunos de los actuales ministros parecen haber entendido que más que autonomía funcional, tienen autonomía política para defender lo que consideren que les conviene más a ellos de cara a futuras campañas o roles políticos. De ahí que estemos viendo peleas entre ministros sobre quién se encarga de qué museo, desavenencias públicas sobre si debe quedarse o irse el jefe de la policía, o unos buscando ansiosamente dar la cara frente a temas que les competen a otros. 

El coordinador de este gabinete, Luis Galarreta, que no es una figura que tenga mayor experiencia ejecutiva de gobierno sino que proviene más bien de la política parlamentaria, parece haber buscado replicar en su consejo de ministros algo más parecido a lo que ocurriría en un Congreso, donde cada integrante siente que tiene un mandato individual y que puede opinar sobre todo para captar hacia sí la atención mediática. No parece que hubiera capacidad del propio Galarreta, o de la misma presidenta Fujimori, de disciplinar los exabruptos de algunos ministros. La impresión que queda es que no están 100% en control de su propio gabinete. 

El problema que tiene Fujimori es que, para no encajar lo que ella podría interpretar como una derrota política prematura al forzar cambios de ministros tan tempraneros, podría cerrar filas con Galarreta y decir que el gabinete está operando tal y como ellos tenían previsto. Pero esa estrategia podría -de hecho, ya- estar fallándoles porque hay algunos ministros cuya continuidad ya es insostenible por su propio afán de protagonismo -como el titular de Defensa, Rafael Belaunde Llosa- que, increíblemente, se está autoexpectorando del cargo u otros que claramente no están muy interesados o habituados a trabajar en equipo y prefieren poner sus agendas personales por delante. 

Pero la gran pregunta para Fujimori no es solo qué ministros individualmente tendría que relevar para asegurar un gabinete más disciplinado y dispuesto a trabajar en equipo. La gran pregunta es si el perfil que ha considerado para liderar ese gabinete es el correcto o si quizá ese es el error original que ha cometido.

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