Una iniciativa educativa en la periferia de Lima que me dejó muy impresionado
Yo suelo comentarles en este espacio, introspectivamente, sobre cosas que estoy pensando. Pero a veces creo que es importante compartirles cosas que he podido experimentar en carne propia y que me dejaron muy impactado.
La semana pasada, por ejemplo, una suscriptora de Comité que me acompaña hace mucho tiempo, me invitó a conocer una iniciativa educativa que ella y su esposo, que son personas mayores, y sus familiares impulsan y gestionan en un distrito periférico de Lima Metropolitana. Accedí gustoso porque en estos días, como saben, estoy haciendo muchas charlas de ciudadanía responsable para jóvenes, y soy feliz cada vez que me invitan a lugares que no he visitado y donde puedo hablar de conciencia cívica y valores democráticos.
Pero, al llegar a este lugar, que -nuevamente- es una iniciativa educativa que está gestionada con enorme desprendimiento por una familia, no por una gran corporación como parte de -digamos- su estrategia de responsabilidad social, me topé con algo francamente maravilloso.
Yo he trabajado durante buena cantidad de años viendo temas de sostenibilidad en el sector privado. No soy experto en educación pero he conocido muchísimas iniciativas educativas impulsadas por empresas que son muy loables. Y sin embargo, esta en particular me dejó muy impactado. Opera como un lugar que acoge a niños y adolescentes fuera de horario escolar, que es un modelo que yo ya conocía, pero nunca lo había visto implementado de manera tan notable. El cuidado con el que se habían trabajado los espacios, la filosofía detrás de cada detalle, el profesionalismo del staff, realmente me quedó impresionado. La felicidad de los niños y niñas era palpable, y me marcó sobre todo la espontaneidad con la cual saltaban a abrazar a sus profesoras. No había nada fingido aquí para cautivar al visitante de turno, yo en este caso, sino tan solo gente maravillosa haciendo su trabajo de manera estupenda.
No puedo contarles aquí, aunque quisiera, cómo se llama la iniciativa de la que les estoy hablando, o decir quién es mi suscritora que me curso esta invitación y le llevó ella misma a conocer el lugar. Ella no hace esto porque quiera tener exposición o reconocimiento. Yo creo que se lo merece y muchísimo, pero debo respetar, por supuesto, su preferencia.
Pero les cuento todo esto, sin ánimo de exponerla, porque es este tipo de iniciativas, y el desprendimiento de quienes están detrás de ellas, lo que hace que yo no pierda la fe en el Perú y su gente. Porque no me lo tienen que contar, yo sé que hay gente extraordinaria caminando entre nosotros, personas que uno se puede cruzar en la calle, o tener como oyente de tu podcast como en mi caso, que son la personificación de muchísimas virtudes que uno quisiera ver transversalizadas en la sociedad peruana. personas que ejercen lo que a mí me gusta llamarle heroísmo ciudadano, no eventualmente, sino como actividad principal.
Yo sé que mi situación es privilegiada porque tengo la oportunidad de interactuar con personas así y conocer de primera mano su obra. Pero no puedo quedarme yo con ese privilegio, y necesito compartirlo con más gente, con ustedes. Porque si puedo renovar mi fe cuando soy testigo de estas cosas, necesito saber que al menor una partecita de lo que yo siento, la puedo trasladar a los demás. Así que eso es lo que he querido hacer esta mañana, recordarles que nada está perdido, que mientras siga habiendo gente extraordinaria entre nosotros, hay razones para mantener para seguir confiando, para seguir soñando con un país mejor, con una niñez y adolescencia a la que podamos darle lo que realmente se merece.
Si quieres ver la Reflexión del día en video, la encuentras aquí abajo: