El concepto de posverdad

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El concepto de posverdad

Hace algunos días les compartí un comentario para explicar el fenómeno de la polarización, que es muy relevante en el momento actual del proceso electoral, para poder entender en qué casos esta se vuelve tóxica y peligrosa para un país. Ahora quisiera explicarles otro concepto, que es muy relevante también para el momento que estamos viviendo. Me refiero a la posverdad. 

Fíjense. Lo que caracteriza a las democracias es que hay en ellas pluralismo político, es decir, gente que piensa y vota diferente. Pero, más allá de nuestras identidades o ideas políticas distintas, para poder funcionar una sociedad democrática tiene que tener un cierto aprecio por la verdad. Esto porque, aun cuando discrepemos en múltiples temas, sería imposible ponernos de acuerdo, o siquiera conversar, si no estamos dispuestos a reconocer la verdad cuando la tenemos enfrente. Si no hay una base común -digamos, aquellos hechos que podemos considerar verdaderos-, simplemente no se puede discutir, porque las personas podrían terminar interpretando la realidad de maneras completamente incompatibles y mutuamente excluyentes. Sería como conversar con alguien que no está viendo la misma película, un ejercicio vano y fútil. 

Ahora bien, la forma en la que las personas encaramos la política está atravesada por una característica que es muy típica de los seres humanos, me refiero aquí al tribalismo. Para explicarnos la realidad, lo que hacemos las personas es clasificar a la sociedad en grupos, o tribus en sentido figurado, y asumimos que el grupo al que nosotros pertenecemos es el grupo de los buenos, de los razonables, de los que actúan de buena fe, mientras que a los grupos que sentimos como rivales del nuestro, les asignamos las características opuestas: ahí están los malos, los irrazonables, los que actúan de mala fe. 

Pues bien, siendo la inclinación por el tribalismo tan fuerte en los seres humanos -porque es un rasgo adaptativo de la evolución de nuestra especie-, lo que tenemos es un impulso muy fuerte al pleito, a la pelea, al conflicto. Nos es instintivo. Pero lo que controla ese impulso es, por un lado, nuestra empatía, que es una capacidad innata que tenemos los seres humanos y que nos permite conectar emocionalmente con otros humanos aunque sean distintos a nosotros, y, por otro lado, nuestro intelecto, que nos permite interpretar racionalmente la realidad en la que estamos. 

Por eso, cuando nuestro tribalismo nos lleva a interpretar que somos parte de un conflicto, con dos bandos que defienden posiciones contrapuestas, nuestro intelecto nos permite analizar con profundidad lo que defiende cada lado y sopesarlo con nuestra interpretación de los hechos para así entender qué postura está mejor sustentada en la realidad. Para esto, no solo necesitamos nuestro intelecto, sino una virtud cívica muy importante que es la honestidad intelectual. Existen una serie de sesgo cognitivos estudiados por la ciencia, como el sesgo de confirmación, el pensamiento de grupo, o el sesgo grupo interno - grupo externo, que nos llevan inconscientemente a valorar más la posición del grupo al que pertenecemos, pero es nuestra honestidad intelectual la que nos permite reconocer cuando los hechos respaldan mejor la posición del grupo rival y debemos admitir, por tanto, que tiene la razón. 

Entonces, debe quedarnos claro que, para poder discutir en democracia, siendo conscientes de cómo nuestro tribalismo nos hace propensos a la pelea y cómo nuestros sesgos cognitivos nublan nuestra mente, necesitamos anclarnos en algo que nos permita ponernos de acuerdo aunque sea en lo mínimo indispensable. Esa ancla, es la verdad, o si quieren ser más precisos, nuestra capacidad compartida de reconocer la verdad. 

Y ahora sí paso a definir el concepto que nos convoca hoy. La posverdad es un término que se ha acuñado para referirnos a aquellas sociedades en las cuales el tribalismo se ha salido tanto de control, que las personas simplemente decidieron prescindir de la verdad al momento de discutir. No es que uno haya perdido la capacidad de distinguir lo que es verdadero de lo que es falso, lo que ocurre más bien es que esa distinción deja de ser relevante para nosotros. Lo único que importa, cuando nos enfrentamos a una determinada postura o narrativa, es si ella es conveniente a los intereses de mi grupo o no. Si lo es, la defenderé incluso cuando pueda darme cuenta, racionalmente, que esa postura está basada en mentiras, y si no lo es, la atacaré aunque pueda darme cuenta, racionalmente, de que quienes la defienden están diciendo la verdad. 

En democracia, hay algunas discusiones que siempre van a quedar abiertas, como aquella que alude a la tensión entre quienes prefieren más intervención del Estado en la economía y quienes prefieren más libertad para los agentes privados. Esa discusión nunca se va a cerrar porque enfrenta preferencias ideológicas distintas, y eso es normal que ocurra en democracia. Pero hay discusiones que sí se tienen que cerrar definitivamente, como aquella relativa a quién ganó una elección. 

Una democracia no puede vivir en un mundo de posverdad donde, para algunos, la elección la ganó tal persona o tal partido, y para otros, alguien distinto. Cuando eso pasa es justamente cuando la democracia pierde la capacidad de canalizar el conflicto pacíficamente para evitar que derive en violencia. No exagero, entonces, cuando les digo que el principal peligro de la posverdad es que, al darle rienda suelta a nuestro tribalismo, literalmente se convierte en el germen de la violencia. 

Así que tenemos que calmarnos un poco y recordar que la razón por la cual vivimos en sociedades modernas, en las que aspiramos a que haya paz a pesar de nuestras diferencias, es porque somos capaces de reconocer la verdad, y hacerla valer incluso cuando va en contra de lo que piensa, mayoritariamente, la tribu a la que pertenecemos.

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