¿Estamos sobresimplificando el análisis al separar en dos grupos mutuamente excluyentes a quienes supuestamente están a favor del nuevo gobierno y quienes están en contra?
Les cuento algo que me está pasando mucho a propósito de lo que he comentado en el podcast en estos primeros días del nuevo Gobierno.
Venimos, por supuesto, de una segunda vuelta presidencial que reactivó el tradicional clivaje fujimorismo-antifujimorismo de la política peruana. Y ahora que ya tenemos un gobierno en funciones que encarna pues una de esas etiquetas, lo que está ocurriendo es que muchos están buscando encasillar categóricamente a quienes opinan de política, como es mi caso, en función de esa clasificación binaria.
Y vean ustedes lo que le ocurre a mí. He opinado en los últimos días sobre el mensaje a la Nación de Keiko Fujimori, destacando unas cosas y criticando otras. Luego he opinado sobre el gabinete ministerial, destacando unas designaciones y criticando otras. Y finalmente he opinado sobre el borrador que se filtró del pedido de facultades delegadas, señalando qué aspectos me parecen positivos y cuáles pienso que van a ser problemáticos.
Como resultado de eso, un mismo contenido -digamos, un episodio de mi podcast- puede hacerme acreedor, al mismo tiempo, de descalificaciones por ser, supuestamente, pro fujimorista y anti fujimorista. No deja de resultarme curioso, y hasta entretenido debo decir, cuando me acusan de una cosa en alguna red social, y a renglón seguido aparece otra persona que me acusa exactamente de lo contrario, como si estuvieran viendo realidades paralelas.
Estos son gajes del oficio de quien opina sobre política. La gente que te presta atención va a querer clasificarte en función de las atajos que utilizan para descomplejizar la realidad. Las etiquetas, ya lo he dicho muchas veces en este podcast, tienden pues a sobresimplificar más que a representar fielmente a esa realidad.
Salvo que uno tenga una visión muy dicotómica y tribal de la política peruana, no debería sorprenderle que uno puede ser, respecto de este o de cualquier otro gobierno, crítico y laudatorio a la vez, porque identifica tanto cosas negativas como positivas. Uno puede destacar una idea o un planteamiento por su sensatez o su conveniencia y al mismo tiempo cuestionar la falta de credibilidad o de coherencia de quien la sustenta.
La política es, pues, compleja. Yo entiendo -porque es muy humano- el impulso para clasificar a los actores políticos como si su naturaleza fuese esencialmente buena o esencialmente mala, y que, por tanto, no se pueden apartar del patrón que los define. Yo nunca he visto así ni a los actores políticos ni a los seres humanos en general. Pienso que las personas, y las instituciones que estas conforman, son capaces de actuar en base a empatía o malicia, y a un sinfín de otras virtudes y vicios humanos. Creo, por tanto, que uno siempre debe manejar niveles de complejidad en el análisis que lo lleven a reconocer que un mismo actor político es capaz de hacer cosas muy buenas y cosas muy malas, y todo lo que está en el intermedio.
Y por eso prefiero interpretar la realidad en términos deliberadamente suspicaces frente a encuadres maniqueos o dicotómicos. Cuando veo cosas que me parecen positivas, destaco. Cuando veo cosas que me parecen negativas, critico. Y, por supuesto, cualquier interpretación que yo manifieste puede y debe ser objeto de cuestionamiento, sea porque mi interlocutor parte de preferencias ideológicas distintas a las mías pero igualmente válidas, o porque identifica que hay algún vacío o incongruencia en mi análisis, que siempre lo puede haber.
Yo creo que las etiquetas en la política son importantes cuando aclaran, no tanto cuando sirven más bien como armas arrojadizas para descalificar. Yo prefiero mil veces cuando me dicen: estás equivocado por tal o cual razón, a cuando me dicen tú eres esto así que deberías dejar de hablar porque yo soy lo opuesto y no te quiero escuchar.
Pero, en fin, todo esto es muy humano, como les decía, y a medida que siga opinando, si busco continuar haciéndolo de una manera que aspire a ser ecuánime, pues me seguirá ocurriendo que unos me calzarán una etiqueta y otros, la contrario, y ambos estarán convencidos de que saben mejor que yo cómo pienso. Ni modo, gajes del oficio. Si no estuviera dispuesto a sobrellevarlos, elegiría hacer cualquier otra cosa, pero me gusta lo que hago, incluso cuando viene con todo eso.