Lo que se permite en el fútbol y en “la vida real”

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Lo que se permite en el fútbol y en “la vida real”

En los últimos días me han dicho que estoy sobre analizando el fútbol por los comentarios que he sacado sobre el comportamiento de los jugadores desde una perspectiva de valores y civilidad. Pero, vamos a ver si estoy exagerando. Una de las personas que me comentó un post en redes me dijo literalmente lo siguiente (y me perdonarán que cite textual): el fútbol también se gana con pendejada. Yo le pregunte: ¿solo en el fútbol o también en la vida? Y él me respondió: solo en el fútbol nos podemos dar licencias que no debemos darnos en la vida. Es decir, que por alguna razón, este deporte es una suerte de espacio o momento de impunidad donde podemos comportarnos de manera que criticaríamos a otros (y espero que a nosotros mismos) de hacer en la vida real.

Y uso la expresión “vida real” a propósito. En un video genial que repostee en Instagram, no sé bien de qué fecha es pero parece antiguo, el escritor argentino Alejandro Dolina, citando al poeta inglés Coleridge, decía que para contemplar arte -digamos una obra literaria o teatral- uno necesita suspender su incredulidad y asumir que la ficción que se le está presentado es real. Dolina hacía está reflexión precisamente para explicar cómo los fanáticos del fútbol suspenden su incredulidad para asumir que esa competencia deportiva que están viendo, es una especie conflicto bélico o que se está jugando ahí mismo el orgullo nacional, cuando es solo una actividad hecha para divertir. Eso hace que las victorias produzcan muchísimo más euforia pero también que las derrotas se sientan como una agonía. Y yo entiendo esto, creo que, en efecto, el fútbol se disfruta más así y creo que hay ciertos valores importantes que se activan con eso, como la lealtad y el estar dispuesto a apoyar uno a su equipo en las buenas y en las malas. 

Pero incluso las guerras tienen reglas. Hay algunos que llevan este relato el terreno de “todo vale” pensando que soy dueños de la competencia y que los demás deben aceptar cómo quieren jugarla porque ellos son los únicos que “sienten” el fútbol. Y eso no tiene sentido, porque quieren acuerdan disputar una competencia deportiva -o una democrática si estuviéramos hablando de política- lo hacen porque quieren ganar, naturalmente, pero están de acuerdo sobre las reglas en base a las cuales van a disputar y las sanciones que habrá que aplicar a cualquier transgresión. Premiar la pendejada, no es una regla no escrita sobre la que haya consenso entre quienes disfrutan el fútbol. Es algo que solo aceptan quienes se han comprado el relato de que se debe ganar a cualquier costo porque el sufrimiento por la derrota es inaguantable. 

Yo encuentro bien difícil lo que me decía aquel comentarista en las redes en el sentido de que uno puede compartimentalizar su vida de modo tal que acepte estos niveles de transgresión en el fútbol pero los proscriba estrictamente en otros espacio. Si uno siente que el fútbol es tan importante como para permitirse conductas anti sociales, como aquellas que caracterizamos con la expresión “viveza criolla”, se desprende que es muy probable que vaya a darse las mismas licencias en otros ámbitos. Porque todos nos permitimos pequeñas transgresiones en la vida diaria, no hay que tapar el sol con un dedo, pero cuando la transgresión es el modus operando en lo que es más importante para nosotros, entonces hemos perdido el compás moral. 

Y eso es lo que pasa en el fútbol, yo me atrevería a decir. Creemos tanto en el relato que empezamos a asumir que los demás son los que están mal por no aceptar nuestra viveza criolla, nuestro irrespeto por las reglas. Si siendo el fútbol una experiencia colectiva tan grande, lo que termina pasando es que las generaciones van creciendo con ese ejemplo y, en efecto, se va convirtiendo en el comportamiento socialmente aplaudido. 

Una de las cosas que más me ha sorprendido de esta discusión es ver gente muy instruida, profesores de las mejores universidades del mundo, incapaces de aplicar una onza de autocrítica, usando su inteligencia para racionalizar los acontecimientos y de esa manera apañarlos. Así de poderoso es el relato del fútbol para algunos. Y precisamente por eso es que no debe dejarse pasar que sea el espectáculo que nos enseña que está bien comportarnos de manera anti social, violatoria de las reglas mínimas de convivencia, donde el semejante es un enemigo al que disfruto infligiéndole dolor, donde la pendejada es un recurso válido para ganar.

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