Los riesgos de opinar sobre fútbol

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Los riesgos de opinar sobre fútbol

Les voy a contar lo que me pasa cuando opino sobre fútbol, como hice ayer cuando me referí al partido Argentina-Inglaterra. Me pasa también cuando opino sobre política y otros temas controversiales, pero de manera muy marcada cuando hablo del “deporte rey”. 

El deporte en general, y el fútbol en particular, es un espacio en el que las personas nos permitimos ser orgullosamente tribales. Nos permitimos ser fanáticos, en el buen y mal sentido de la palabra. Asumimos que ciertos valores, como la lealtad, como apoyar a un equipo en las buenas y las malas, son más importantes que otros como la objetividad o a veces hasta el fair play. Yo lo entiendo y creo que el fútbol no sería lo entretenido y lo importante que es, para muchísima gente -yo incluido-, si no tuviera esas características. 

Precisamente porque entiendo esto es que soy plenamente consciente del tipo de respuestas que voy a recibir cuando opino de fútbol. Y si bien no lo hago a menudo, porque mis temas de interés incluyen el fútbol, pero van mucho más allá de este, cuando lo hago termina siendo un ejercicio, una suerte de entrenamiento para mí, sobre cómo opinar en entornos altamente tribalizados. Y a eso me dedico, así que en buena hora. 

Lo que típicamente pasa en estas circunstancias es que surge entre quienes discrepan con tu opinión, una necesidad apremiante de forzarte a la autocensura. “Tú no sabes nada de esto, mejor cállate, anda, opina de otras cosas”. Los mensajes van por esa línea, aunque muchas veces, como se imaginarán, están cargados de insultos. 

Luego están las personas que creen que cualquier opinión que ponga en entredicho aquello en lo que cree fervientemente su tribu, necesariamente parte de algún antivalor o de una intencionalidad de dañar. Es envidia, es resentimiento, es odio. Y el mensaje en respuesta es algo así como “es un deleite para mí verte llorar, tu sufrimiento es mi pasión”.  

Luego están quienes sí quieren interactuar con las ideas o los argumentos vertidos en la opinión. Algunos para coincidir, pero otros para discrepar. Yo, por supuesto, agradezco a los primeros, pero tiendo a valorar más a los segundos. Los que pueden estar muy contrariados por lo que digo, intensamente en desacuerdo, pero eligen expresar su discrepancia con conteaargumentos, polemizando con lo dicho y no simplemente invocando a la autocensura de aquel con quien discrepan. A mí, como a cualquiera, me genera incomodidad escuchar que alguien me diga que estoy equivocado por tal o cual razón, pero estoy tan habituado y valoro tanto el buen debate, que entiendo que esa es una incomodidad que uno debe buscar y aprender a gestionar. 

De todas las cosas en las que yo creo fervientemente, la libertad de expresión es una de las más importantes. Yo creo que las personas que opinan deben aceptar el escrutinio de sus opiniones, pero no deben ser conminadas o intimidadas a la autocensura. Ese es, en mi opinión, un impulso autoritario, porque si nadie te está forzando a consumir una opinión, siempre tienes el derecho y estás en la capacidad de ignorarla. Así que, con mucho cariño para algunas personas que han interactuado conmigo en las redes en las últimas horas, en vano hacen el esfuerzo de querer llevarme a la autocensura. No va a pasar y no lo haría yo tampoco con ustedes. Por lo demás, el fútbol y la política no son compartimentos estancos. Para bien y para mal. Muchas veces para mal, como me pasa a mí, por ejemplo, cuando analizo el rol de la FIFA. Pero sobre eso podemos discutir tantas veces como quieran. 

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